Sangre en las manos

Acurrucada, encogida en sí misma, con los ojos cerrados de los que ya no brotaban más lágrimas…, ya no podían, ya no existían… ya se le habían terminado…, rotas sus vestiduras, su piel y su alma… esperó asustada a que los pasos desaparecieran a lo lejos.
Cuando ya no se oía nada, sólo su corazón latiendo desgarrado y el silencio que sólo el dolor puede emitir, separó los brazos de su cara y miró a un lado y a otro para asegurarse que allí ya no había nadie más que ella…
La mente en blanco. Su cuerpo de niña manchado, ultrajado…
Cuando ya nada importaba más que salir de allí, pudo ponerse en pie, ayudándose con sus brazos, resbalándole las manos empapadas… en sangre... cuando quería sujetarse de las rocas.
Sangre roja, pegajosa… que parecía camuflarla de su propia verdad, de la propia realidad que acababa de vivir.
La noche era oscura, tanto, que apenas distinguía sus pequeños pies ensangrentados a cada paso que daba, mientras bajaba entre el barro y las piedras por el camino que llevaba del monte a la aldea. A lo lejos, alguna pequeña luz de alguna bombilla de alguna de las viejas casas se adivinaba, y le servía de guía.
Llegando ya, pudo oir el sonido del agua que brotaba de la fuente y se acercó a lavarse un poco. No quería llegar sucia a casa. No quería que nadie supiera lo que había pasado. Y aunque lavaba y lavaba con fuerza la sangre en sus manos, era incapaz de verse limpia…
Al calor de la lareira su madre la estaba esperando. Hacía ya bastante tiempo que tendría que haber vuelto, pero su hija no llegaba… Y, por más que la pequeña quiso esconder lo pasado, su madre pudo adivinarlo: aún llevaba sangre… y sangre en las manos.
Ni una lágrima. Sólo cariño a su hija. La lavó, le cambió las ropas sucias, la envolvió con amor en las blancas sábanas de su cama y se quedó a su lado hasta que la pequeña se quedó dormida….
Entonces, las heridas viejas mal cicatrizadas se abrieron de nuevo. El odio y la rabia se apoderaron de ella recordando su infancia, reviviendo en su hija lo que ella misma había vivido…, maldiciendo a aquel hombre que la había violado y que ahora, por ella haber callado, repetía su hazaña sin saber que su pequeña víctima era, en realidad, la hija que él en su vientre había engendrado.
Recogió la madre las ropas ensangrentadas de su hija y las envolvió en una vieja sábana. Con la frente muy alta, salió a la puerta de su casa tras asegurarse que la pequeña seguía dormida. En sus manos, aquella prueba ensangrentada. En su mente… dolor y deseo de venganza.
Cruzó la aldea hasta la puerta de la casa que ella conocía bien, por la que su verdugo, quien la mató en vida, y que ahora había repetido su hazaña con su hija, hacía ya unas horas que había regresado y entrado… Y la luz de la luna iluminó en ese momento la manilla de la puerta, señalando lo que ella ya esperaba: aún no había limpiado su dueño las marcas de sangre que dejó con sus manos al entrar en su casa…
Dejó la madre aquellas ropas en el suelo y llamó a la puerta. La luna cómplice se escondió entre las nubes y volvió a oscurecer la noche para que la mujer pudiese volver sobre sus pasos, a su casa, junto a su pequeña, sin ser vista. Cuando el hombre abrió la puerta no vio a nadie…, sólo una sábana en el suelo y, dentro de ella, las prendas ensangrentadas que reconoció al momento. Fue entonces cuando le pareció ver a una mujer vestida de blanco que lo miraba desde lo alto del camino. Con rabia, salió tras ella… quería alcanzarla… pero cuando estaba a punto de hacerlo, la luna se escondía de nuevo tras las nubes y lo dejaba entre sombras…; luego, a lo lejos, volvía a verla… y ella lo llamaba.. y él la seguía… Y la siguió hasta lo más alto del monte. Allí la perdió de vista. Un aullido en la noche le hizo volverse atrás. La mujer morena de blanca tez estaba a su espalda; él no la conocía, pero ella lo llamó por su nombre. A su lado, un lobo blanco no dejaba de mirarle a los ojos mientras la mujer comenzó a hablarle.
-“Hasta aquí llegó tu día; ahora comienza tu noche. Has manchado de sangre tus manos y esa sangre… era de tu propia sangre…”
La luna se volvió a esconder. El lobo y la mujer desaparecieron. De las manos del hombre la sangre brotaba y por más que quería secarla en sus ropas, no podía…
Un grito sordo y seco se sintió a lo lejos en la noche. Para entonces, la madre ya estaba de vuelta en su casa, junto al lecho de su hija, descansando junto a ella.
A la mañana siguiente, cuando el sol despertó al alba, el cuerpo del hombre yacía, con las manos ensangrentadas, en la ladera del monte.
Nadie lloró aquella tarde.
Lúa.