Noche Blanca

En la lejanía, desde algún rincón del bosque, se oía el llanto desconsolado de un niño de corta edad. El pequeño lloraba con fuerza reclamando el cuidado de una madre que ya no podría acariciar su rostro nunca más.
Aquella tarde, el cortejo fúnebre, negro y callado, devolvía a la tierra lo que a ella siempre vuelve: esta vez, el cuerpo de una joven madre, víctima de unas fiebres horribles que la habían tenido entre la línea del aquí y el allá durante varios días…., hasta que, al final, pudieron con ella…
Lloraba el pequeño con llanto angustioso entre las raídas sábanas de su pequeña cuna. En la pequeña aldea se oían los llantos, pero nadie se atrevía a subir hasta la casa en que el padre, ahora viudo, intentaba, sin lograrlo, bajar la fiebre que, tras la muerte de su madre, se había aferrado en aquel pequeño cuerpecito… y parecía no querer irse…, como si el sacrificio recibido no hubiera sido suficiente… y quisiera llevarse también al niño al otro lado… allá, a dónde ahora debería descansar en paz su madre…
Nadie se atrevía a subir a la humilde casa. La pobreza podían “perdonarla”, pero no la enfermedad, y nadie en la aldea quería ser el siguiente protagonista del siguiente cortejo fúnebre…
Con el corazón roto, destrozado de dolor, y delante de sí lo único que ya le quedaba, su único tesoro, lo único que podía acompañarle en su vida y que era mitad suyo y mitad de la única mujer que él había amado, el padre no sabía ya qué hacer… y ahogaba en silencios los gritos que salían con fuerza, segundo a segundo, de su desgarrado y malherido corazón.
La noche, oscura, gris… se antojaba negra, como negros eran los ropajes que llevaban quienes a su esposa habían acompañado aquella tarde… en su último camino, hacia su última morada…
De repente, el llanto del pequeño dejó de oírse. El padre se asomó a la cuna y vió a su pequeño envuelto en sudores, ardiendo de fiebre… pero, ahora… inmóvil…
El silencio del bosque y el amargo y cobarde silencio de la aldea se rompió en un segundo por aquel grito desgarrador:
“¡¡Nooooooooooooooo!!”
No podía ser; la madre una tarde, su hijo esa noche… ¡¡nooooooooooooooooooooo!!
Pero nadie en la aldea puso un pie fuera de sus viejas casas. Nadie quería ser protagonista de otro negro cortejo… Nadie se acercó a consolar a aquel hombre, solo, con su pequeño allí… agonizando del mismo mal que agonizó su madre….; o, quizá, ya listo y preparado para ir tras ella en su último camino…, a su última morada…
El hombre, entre lágrimas y con el corazón sangrando de dolor, tomó a su hijo en brazos y salió con él de la vieja casa, a la noche oscura… Levantó a su pequeño tan alto como pudo mientras los bracitos, las piernas… la infantil cabecita… cedían a su peso y caían... como entregando su alma a la negrura que los envolvía. Las lágrimas del padre llegaban a sus pies; y sus ojos cerrados se quisieron dejar vencer. Dentro de sí clamaba a la muerte que también a él lo llevara, junto a su difunta amada, junto al hijo que ahora él lloraba…
En la vieja aldea, las viejas cobardes empezaban a cantar sus letanías, rosario en mano… Los demás cobardes…, callaban cobardes… En el corazón del bosque, la negra y fría noche ahora era muda también…
Entonces, rompiendo el silencio, como castigo divino, cayó en medio de la aldea un rayo y encendió la escena con su grandísima luz. El trueno que le acompañaba hizo que el grito aterrador y al unísono de los habitantes de la aldea pareciese el aviso de que el fin del mundo había llegado. Las nubes negras que oscurecían la noche se apartaron lentamente, como si hubieran recibido una orden lejana, y formaron en el cielo un óvalo gigantesco a través del cual Luar (luz de luna) se abrió camino y llegó, firme, clara y serena, al rostro inerte del pequeño niño y a los pies empapados de lágrimas de su padre, que ya su muerte lloraba.
Dicen que aquella noche, una mujer de blanco besó la frente del niño. Un terrible aullido acompañó el momento, y las fiebres traicioneras, asustadas, huyeron del pequeño cuerpecito, que, de pronto, comenzó a moverse…
El padre levantó la vista hacia su hijo al comprobar que vivía y, entre la claridad de Luar, pudo ver tres rostros: una mujer morena, de blanca tez y blancos ropajes, el rostro de un enorme, pero sereno, lobo y… allá, en lo alto… la sonrisa de su esposa, que le miraba a los ojos, mientras llenaba su alma de paz y devolvía a su esposo la sensación de aquel amor que siempre les había acompañado…
Luar se quedó aún unos minutos en la escena, mientras el rostro de su esposa continuaba sonriéndole… hasta que una brisa tibia hizo entrar de nuevo al hombre en su casa: debía arropar a su hijo, cuidarlo… Ahora sabía que tendrían muchos años para estar juntos…
Y cada noche de luna llena, padre e hijo salen aún a la puerta de su vieja casa. Esperan volver a ver aquella imagen.
Algunas noches, Luar vuelve a bajar hasta su puerta. A lo lejos, el aullido del lobo y la imagen de la mujer morena de blanca tez hacen su aparición. Y, después, cuando la luna se vuelve plena y completa, la sonrisa de su esposa, de la madre de su hijo, le sigue dando paz desde allá arriba… aunque tan sólo sea… por unos breves segundos, que para ellos es lo más grande, y más bello…. de todo el mundo…
Lúa.