¿Puede provocar felicidad el dolor?
En sí mismo, el dolor no es algo placentero. Es decir, el dolor "per se" no provoca felicidad alguna en el ser humano que lo padece, sino todo lo contrario. De hecho, dolor y placer son términos opuestos: supuestamente, el uno y el otro no pueden darse o sentirse al tiempo. Lo único que tienen en común ambas expericiencias es que son, tanto dolor como placer, expericiencias en las que se ponen en juego el plano emocional y plano sensorial. Se trata de una experiencia subjetiva, ya que no a todo el mundo le provoca dolor y placer lo mismo y es, al tiempo, una experiencia objetiva, que responde a un estímulo exterior "tangible".
Sin embargo, existen personas que disfrutan y gozan de placer ante situaciones de dolor. Es lo que se conoce como masoquismo. De la misma manera, hay quienes sienten placer inflingiéndolo a otras personas, sadismo. A pesar de ser contrapuestos, la línea que separa dolor y placer no está muy clara. ¿Por qué sucede esto?
En primer lugar debemos tener en cuenta que, al tratarse de experiencias subjetivas, su percepción -más o menos intensa- dependerá de factores que amplifican o disminuyen la sensación de dolor o placer, según el caso. Entre estos factores están la personalidad de la persona, el momento vital en el que se produce la experiencia, el sexo, la edad, el nivel intelectual, cultural y cognitivo, las experiencias previas con respecto a estas mismas sensaciones, etc. Por otro lado, cuando hablamos de sensaciones resulta muy complicado medirlas objetivamente.
La explicación bioquímica a la pregunta que nos formulamos al principio remite a la reacción orgánica que se produce cuando nos inflingen algún daño. El cuerpo humano tiene un sistema de reacción ante el dolor, es una especie de sistema de compensación o equilibrio por el cual, cuando se produce éste, comienza la producción y distribución de endorfinas, la sustancia hormonal que segrega nuestro cerebro y que es responsable de la sensación de placer y felicidad. Son una especie de "analgésico" que genera el propio organismo humano.
Estas hormonas no sólo se producen en situaciones de placer en sí mismas, como el enamoramiento, disfrutar de una buena comida,... ; También se segregan para mitigar el dolor cuando este se está produciendo de manera intensa e incesante. De esta forma, segregamos endorfinas en caso de inflamaciones o sobreesfuerzos físicos extremos, por ejemplo. Las endorfinas llevan al organismo a la relajación y, en ocasiones, al éxtasis. Inflingir dolor al cuerpo sería, por tanto, una forma de conseguir que se inicie la producción de endorfinas y la consiguiente sensación de felicidad y placer. Placer que viene originado de una primera experiencia dolorosa.