¿Podemos controlar cuando nos ruborizamos?
El rubor que sube a nuestro rostro en ciertas situaciones no es otra cosa que un indicador de nerviosismo. Se produce cuando nos dicen un piropo que no esperamos, cuando nos cazan en una mentira o en cualquier tipo de situación embarazosa. El rubor puede ser total o producirse tan sólo en una parte, como las mejillas o la orejas. Incluso, en ocasiones, se produce en forma de manchas aísladas conocidas como manchas nerviosas. En cualquiera de los casos se trata de una reacción incontrolable que no podemos evitar por más que lo intentemos. Una reacción que nos delata queramos o no. Se debe ello a que el responsable de ese rubor o enrojecimiento es el sistema nervioso vegetativo en cuyos procesos ni nuestra voluntad ni nuestra razón pueden influir.
La función del sistema nervioso vegetativo consiste en regular los procesos del organismo que deben actuar siempre, obligatoriamente por decirlo de algún modo, e independientemente del raciocionio, es decir, aunque el cuerpo esté ocupado en otras necesidades o funciones vitales. Además, el sistema nervioso se encarga de regular los estados de nuestro organismo de nerviosismo/alteración y tranquilidad/relajación (el primero de estos estados está controlado por el sistema nervioso simpático y el segundo por el parasimpático). Cuando estos estados pierden su equilibrio, el organismo "se coloca en situación de alarma", provocando unas reacciones orgánicas consistentes en dilatación de los vasos sanguíneos y elevación de la presión de la sangre. El enrojecimiento de la piel es síntoma directo de esta vasodilatación y subida de la presión sanguínea, ya que la sangre fluye justo por debajo de ella.
El ruborizarnos de vergüenza es una reacción orgánica similar a la que sucede cuando realizamos un sobreesfuerzo o cuando "enrojecemos" de cólera o de rabia. Y, en conclusión, por mucho que intentemos y deseemos no ponernos rojos en ciertas "situaciones de alarma", es algo que no podremos evitar. Nuestro organismo ha decidido que nos vamos a poner ¡rojos como un tomate!
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