Cuando estaba embarazada me sentía fenomenal, plena, llena y feliz de llevar dentro de mi a mi hija. El día que nació fue el día más feliz de mi vida, aún hoy cuando lo recuerdo me emociono. Esta felicidad duró exactamente desde las cinco de la tarde, hora en la que nació, hasta las diez de la noche. Ahí empezó mi tortura, la niña no dejó de llorar un minuto y yo estaba sóla ya que a partir de las diez las

visitas estaban prohibidas. Cada vez que me tenía que levantar de la cama era como si tubiese que escalar el Monte Everest. Me sentía débil, cansada, me dolía todo el cuerpo y no reconocía a aquel ser desquiciado que todo el mundo decía que era mi hija. Esta situación fue mejorando a medida que yo me fui encontrando mejor pero la niña no dejó de llorar, ni de día ni de noche, hasta que tubo dos meses y medio. En ese momento os puedo asegurar que mi hija no me parecía ninguna bendición.
Luego llegan las sonrisas, los gateos, los primeros pasos y las primeras palabras y sientes que tu corazón se va a desbordar de tanto amor que sientes. Aunque claro también están las noches sin dormir por culpa de los dientes, la garganta o sabe Dios qué. Entonces te preguntas para qué coño te habrás metido en un lío semejante.
Por fin tu bebe se convierte en una tierna niña, lista como el rayo y guapa como un sol. En esta época pasas del éxtasis de descubrir lo listísima que es tu hijita a querer estamparla contra la pared cada vez que le entra una perreta. En esta época tu hija es una rebelde sin causa, una Indiana Jones en miniatura. Todo lo sabe, todo lo quiere, todo lo explora y encima siempre tiene razón. Es el momento de "la mano dura", del "que no se nos suba a la chepa". Y la verdad es que resulta agotador, ves a tu hija menos de lo que quisieras y debieras, y encima el ratito que tienes para estar con ella te lo pasas riñendo.
Sueño con el momento en que mi hija sea una señorita, que se sepa comportar sin estar coaccionándola todo el día. Sueño con el día en el que pueda ir de compras con ella sin estar todo el tiempo en tensión. Quizás ese día nunca llegue o quizás me pase como a mi madre que no fue capaz de disfrutar de un rato agradable con sus hijas hasta que cumplimos los veinticinco. A mi hermana y a mi nos duro mucho la infancia y cuando nos conseguimos "curar" llegó la edad del pavo y luego la adolescencia. Así que nuestra madre renunció a tener una conversación normal con nosotras hasta que llegamos a la mitad de la veintena. Mi madre siempre dice que la vida es muy justa y que los hijos alguna vez serán padres y entonces se darán cuenta de lo que sufrieron los suyos.
De todos modos aquí sigo disfrutando de mi "bendición", de su sonrisa, de sus ocurrencias, de su parloteo y hasta de sus lloros. Porque ¿qué le voy a hacer? Es mi hija y la quiero más que a mi vida. Cuando me dice "mamá te quiero de la luna al sol" se me olvidan todas la penas.
¿Y vuestros hijos? Contarme cosas de vuestra pequeña (o gran) "bendición".