Conducir en Madrid es siempre una experiencia estresante, llena de peligros y de emociones. Pero, cuando llueve, se convierte en una tortura, una auténtica pesadilla en la que se combinan atascos de cientos de kilómetros y una asombrosa sucesión de
accidentes. ¿Por qué sucede esto? ¿Es sólo por las obras? Yo creo que no.
Y creo que no porque, desde que yo recuerdo, estos problemas son habituales en los otoños madrleños. Siempre ha sido así. No sé qué sucede realmente, pero, el primer día en que, tras varios meses de sol, amanece lloviendo, se arman unos cristos de cuidado, con perdón por la expresión.
Y es que la falta de costumbre es muy mala. En ciudades del norte, como Bilbao o Santander (ni qué decir de Londres, París o cualquier ciudad alemana), llueve mucho más y, por tanto, la costumbre no se pierde. En cambio, en Madrid, con cuatro o cinco meses de sequía, a la gente se le olvida conducir bajo la lluvia.
No es ningna chorrada, es verdad. Los conductores, cuando llueve, utilizan mucho más el coche privado y, encima, no están acostumbrados a conducir sobre agua. La visibilidad se reduce, el coche no frena igual, hay charcos, se producen derrapes, aquaplannings... Todo el mundo va más despacio y, para colmo, las lluvias suelen averiar semáforos y ocultar señales... Vamos, que es inevitable el caos. Poco a poco, la gente se acostumbra y, para noviembre, se han pasado los efectos de este problema.
Si a esto añadimos que la M-30 está como está, pues tenemos una pista deslizante cucubierta de barro durante varios kilómetros y, por tanto, una dificultad añadida. Pero no creo que sea justo culpar sólo a las obras. Creo que el problema tiene que ver con los conductores, que, sencillamente, no saben, o no recuerdan, cómo se conduce cuando llueve.
¿Qué os parece? Me gustaría que otros conductores, madrileños o no, compartiérais esta reflexión conmigo. Saludos!!