Cosas de la madres, que compartimos.
He necesitado tomar un poco de distancia para poder escribir
este post porque las emociones me enturbiaban demasiado.

La reunión de “Madres sin hijos, Dolor compartido”, del
pasado día 18, en Alcobendas, fue muy intensa en todos los sentidos. Los
sentimientos afloraron de forma natural y creo que esa catarsis sirvió para
hacer una pequeña cura.
Fuimos más de veinte madres, cada una con su particular pena
porque la tragedia, en todas, es demasiado grande, pero puesta en común y con
la solidaridad del dolor muchas veces reconoces en la compañera una mayor
desgracia.
Haciendo un repaso por este día y todo lo expuesto por cada
madre llegamos a muchas cosas en común: el mismo dolor, la misma pena, el mismo
sentimiento de culpa por seguir vivos. La misma impotencia de no haber hecho,
no haber dicho, no haber podido evitarlo
Hubo una representación de casi todos los motivo por los que
se puede perder un hijo: enfermedad, violencia de género, violencia vial, terrorismo,
suicidio y asesinato, y en todos los casos, los sentimientos eran muy similares.
Las preguntas se repiten ¿por qué él o ella? ¿Por qué nosotros? ¿Cómo no nos
dimos cuenta? ¿Cómo le dejé?...
Cuando la muerte es producida por otro vuelcas tu rabia en
el causante, en el culpable, cuando es por enfermedad o error médico te
preguntas por qué te ha tocado, cuando es por
suicidio no ves que es un caso más de enfermedad, una enfermedad no
detectada o curada a tiempo y cuando es por terrorismo, aún en este caso en el
que la explicación es que son asesinos, te preguntas cómo podrías haberlo
evitado.
Padres y madres que comenzaron un camino de dolor y que su
estado varía dependiendo del tiempo que lleven en ese camino y la distancia recorrida,
porque el tiempo no cura pero hay que darse tiempo para curar.
Y la justicia, esa justicia a la que tantos padres recurren
para tratar de aliviar el daño producido y que tantas veces pensamos y sentimos
como injusta, y que al final poca satisfacción produce porque no hay nada ni
nadie que nos pueda resarcir de ese dolor.
Pero la vida te engaña y te engancha y sigues vivo,
sobreviviendo y muchos consiguen canalizar su rabia hacia temas de solidaridad.
Me llamó mucho la atención como muchas madres se vuelven aún mejor y más
solidarias con la pérdida de un hijo, será porque entiendes más el dolor de los
otros, porque sabes de él, y se vuelcan en causas en memoria de sus hijos, esos
que, la mayoría de la veces, murieron: Por la
acción de otros, por la omisión de tantos, por la culpa de todos.
Una jornada que, a
pesar del tema tan arduo que tratábamos, fue gratificante por la cantidad de
sentimientos positivos y de cariño entre los y las compañeras de dolor. Y porque éste se
vio, por un tiempo, transformado por la presencia de una persona especial que
sin ser madre ni tener una pérdida se unió a nosotras para abrazarnos, decirnos
palabras bonitas y acariciarnos con su voz. Se trató de Diana
Navarro, esa magnífica cantante que nos dedicó su “Mare mía” a capela y por
un ratito nos alborotó y nos sacó del dolor. Gracias, Diana.

Diana y las madres y padres sin hijos.
No sé cómo dar las gracias a todos los que asistieron a esta
reunión y a todos los que la hicieron posible, porque sin ellos no habría
existido. Especialmente a todas las madres que vinieron desde otras ciudades de
España, haciendo un mayor esfuerzo.
Pero mereció la pena porque el dolor compartido no es menor pero es
más llevadero.
Gracias, madres sin hijos, sois estupendas.
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.