Halloween, los difuntos y el día de todos los santos

 

Mis recuerdos de niña, cuando era sólo hija, me traen a la memoria en días como hoy, los primeros fríos, las primeras lluvias, las castañas y la visita al cementerio, para llevar flores a la tumba de mi abuelo paterno.

 

La visita a un cementerio que por entonces me parecía enorme, en el que no quería por nada del mundo perderme, porque no sabría como salir de allí.

 

Después, según me hice mayor, mis visitas al cementerio se fueron distanciando, quizás porque nuestra venida a Madrid hacía menos posible esas visitas a mi pueblo.

 

Mis siguientes visitas a un cementerio comenzaron con la muerte de mi primo, un joven de 16 años que se llevó el maldito cáncer. Pero estas visitas tampoco fueron muchas pues está en un cementerio, ese que siempre digo me recuerda la canción de Serrat “Mediterráneo”, de Tarragona.

 

Después, mis visitas se perdieron. Pasaron años hasta la nueva visita. Fue con  la muerte de mi suegro. Entonces Helena tenía pocos años.

 

Pero de mayor, las visitas al cementerio me molestaban más que de pequeña, cuando el único miedo que tenía era a perderme.

 

No entendía demasiado esas visitas al cementerio y esa obsesión por poner flores sólo un día, el día de los santos. ¿Y el resto de días?. Pero sobre todo, lo que me molestaba era pensar en la muerte. Ese era el problema.

 

Pero siendo ya madre, los santos, los difuntos, pasaron a ser un día de “Truco o trato”. Helena fue el artífice de este cambio.

 

Ella trajo a esta casa el famoso “Halloween” de ahora, no tan famoso entonces.

 

Y me llama la atención que cada  día se hace más famoso ente los niños, los jóvenes. Un día de dolor, de recuerdo, de lamparitas en honor de los muertos, se ha convertido en alegría, disfraz y fiesta, para los más jóvenes.

 

Mezclan el horror con la fiesta. Se ríen del miedo y de la muerte o con la muerte.

 

Pero aún así, los jóvenes siguen sin acercarse a la muerte. Siguen sin ser conscientes que la vida conlleva muerte y siguen sin relacionarse con sus muertos.

 

Siempre, los adultos, intentamos separarles del dolor, de la muerte, protegerlos. Y cada día es más difícil o imposible  ver a niños en un cementerio.

 

¿Hacemos bien? No estoy segura.

 

Hemos pasado de una cultura en exceso de luto y dolor a “aquí no ha pasado nada y la vida sigue”.

 

Lo que antes se convertía en un duelo, a veces,  demasiado largo e impuesto en su muestra exterior: ropa negra, no salir de casa, ninguna diversión, cerrar la casa al exterior… Hoy casi no existe ese luto y el duelo se tiene que acabar cuanto antes.

 

¿Por qué?

 

Nadie puede marcar los límites de tu dolor. Nadie puede forzarte a que no sufras para que los demás no sufran. Al revés, los demás tienen que entender tu sufrimiento y respetarlo. Nadie puede decirte que ya ha pasado demasiado tiempo para que sigas sufriendo.

 

Tampoco es normal el “aquí no ha pasado nada”, porque sí ha pasado y es mejor que salga más temprano que tarde.

 

Salvo aquellas personas con fuertes creencias religiosas, no creo que haya nadie que piense que no le gustaría que su muerte no fuera sentida por los demás.

 

No creo que debamos volver a “La niña de luto”, famosa película de los años 60, pero tampoco me creo esa otra versión de la muerte y los duelos de América, donde todo se termina con una comida en honor del muerto y sin apenas muestras de dolor.

 

El dolor es un sentimiento y es bueno sentir. Es necesario para resurgir.

 

Por supuesto, estoy a favor de que ese dolor no se convierta en algo patológico, pero el sentimiento de pérdida no se puede borrar de un plumazo.

 

Quizás si nuestros jóvenes fueran más conscientes de la muerte, del dolor que produce, de que todos tendremos que pasar por esos cementerios, tal vez tuviéramos que ir a menos entierros de jóvenes. Quizás visitar las tumbas de sus abuelos, de sus parientes muertos, de sus amigos, les haría más fuertes y el paso del tiempo y la pérdida de los seres queridos les supusieran menos dolor. Porque estarían habituados, sabrían lo que es, lo habrían vivido.

 

Halloween está bien. Muy bien. La visita a un cementerio…también. No tiene que ser el día de Los Santos. Cualquier día es bueno para acompañar a los muertos. Para recordar los buenos tiempos. Para recordarnos que somos mortales. Para pensar en los que sí viven.

...Tierra sobre el cadáver insepulto
antes que empiece a corromperse..., ¡tierra!
Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
bien pronto en los terrones removidos
verde y pujante crecerá la hierba.

¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
torvo el mirar, nublado el pensamiento?
¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
Jamás el que descansa en el sepulcro
ha de tornar a amaros ni a ofenderos.

¡Jamás! ¿Es verdad que todo
para siempre acabó ya?
No, no puede acabar lo que es eterno,
ni puede tener fin la inmensidad...

 

(Era apacible el día. Rosalía de Castro)

Dedicado a los que este año han estrenado nueva morada. Porque nunca les olvidaremos:

 

Manolo de Sevilla 

Los 4 jóvenes de Vejer de la Frontera

Laura y Victoria de Leganés

El joven de San Bartolomé de la Abiertas

Ana María, Buenaventura y su hijo de Zaragoza

El joven del km. 29 de la M-607

El policía de Boadilla del Monte

La joven de 19 años del pasado 28 en la M-30

Y así hasta más de 1800, que en lo que va de año, se quedaron en una carretera

 Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.

 

Publicado sábado, 01 de noviembre de 2008 6:40 por FZ_madredHelena

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