Las madres con hijos, pero sin su presencia
El viernes estuve con mi madre en las consultas externas del "12 de Octubre", un hospital de Madrid.
A la semana siguiente de que mataran a Helena, mi madre enfermó y le detectaron una enfermedad en la sangre. Desde entonces tiene que pasar revisiones periódicas en el servicio de hematología.
Las salas de esperas de este hospital, en su gran mayoría, son los estrechos pasillos.
En ellos ubican unas sillas y allí están los pacientes, esperando que les llamen. Mientras, además, por allí pasan las personas que se desplazan de un lado para otro, servicio de recogida o entrega de ropa, sillas de ruedas, etc.
Estos pasillos, como tales, no tienen puertas, produciéndose una corriente que algunos enfermos de los que esperan en ellos más que curarse lo que cogen es una pulmonía.
Uno de estos enfermos que esperaba era una preciosa mujer a pesar de que no se debía encontrar muy bien. Pidió a una enfermera que le dieran una manta porque tenía mucho frío y yo misma le ayude a taparse.
Por sus rasgos y acento parecía de algún país del Este, aunque hablaba muy bien el español.
Al poco rato llegó otra mujer, tampoco era española, parecía de Sudamérica. Debían conocerse de alguna otra revisión y comenzaron a hablar.
Yo, para soportar esa maldita corriente, paseaba continuamente arriba y abajo del pasillo y, sin querer, a veces, oía lo que hablaban.
Hablaban de sus hijos. La que era del Este, tenía dos, un hijo y una hija. La otra un hijo.
Se enseñaron fotos y la que yo siempre identificaba como de un país del Este le comentó a la otra que este año, sus hijos habían tenido muy buenas notas.
Yo, que en cualquier momento me emociono, recuerdo, añoro, me alejé un poco más para que no pudieran ver que se me saltaban las lágrimas.
Cuando salimos de la consulta, la mujer de cara preciosa, más recuperada del frío, seguía esperando a que llegasen sus análisis para ver los resultados. Estaba allí desde las 9 de la mañana y ya eran casi las 12.
Antes de irme tenía que decirle algo. Me había recordado a tantas madres que viven en este país, que trabajan y se enferman y que no tienen aquí a sus hijos o al resto de su familia.
Le entregue una de mis pegatinas y le pregunté de qué país era. Me dijo "soy de Rumania".
Al ver en la pegatina "Helena" y yo comentarle que esa era la firma de mi hija, me dijo que ella también se llamaba Elena, pero sin "H"
Le escribí la dirección de mi blog "Madres sin hijos" en el reverso de la pegatina y le comenté que escribiría sobre ella.
Ella me dijo "pero yo sí tengo hijos" y yo le contesté: ya, ya lo sé, por eso voy a escribir sobre ti.
Nos despedimos. Ella apenándose por mi situación de madre sin hijos y yo deseándole suerte, mucha suerte.
Creo que ese día Elena, la rumana, a pesar de que no se encontrara muy bien y detener a sus hijos lejos, el conocer mi desgracia, le ayudó a sentirse menos mal. En ese momento ella era una privilegiada.
Siempre me produjo mucha ternura y pena a la vez, ver a tantas mujeres de otros países, trabajando aquí, solas o con sus maridos y sin sus hijitos. Me parecía que todas tenían un rostro muy triste y me preguntaba cómo podían soportarlo.
Jamás pensé que las llegaría a envidiar. Ellas volverán a sus países y se reencontrarán con sus hijos.
Flor Zapata Ruiz, madre de Helena.
(Este post es el número 200 de este pequeño blog. Por eso está dedicado a todas las madres que por uno u otro motivo, han tenido que abandonar sus casas, a sus hijos y han venido a este país a cuidar a otro niños, a ancianos, otros hogares, lejos del suyo)