¡Horror, se acerca Papá Noel!
No me entendáis mal. Me gustan las fiestas navideñas, juntarnos toda la familia, propia y política, la cara de felicidad de mis hijos cuando estamos todos juntos, montar el belén, decorar el árbol... hasta me gusta el intercambio de regalos. ¡Pero hasta cierto punto! ¿No os parece excesivo el follón que se monta entre unos familiares y otros? Recuerdo las primeras navidades de Sofía. Se puso tan contenta cuando vió el primer regalo, hasta con el segundo... pero cuando empezó a verse rodeada de paquetes se le empezó a poner cara de agobio a la pobre. El segundo año ya no, pero aún así, tuvo demasiados regalos. No le agobiaron pero la pobre no sabía a qué hacerle caso. Y eso que nos vamos repartiendo entre varias fechas, si los llega a recibir todos juntos le da algo a la pobre. A ver qué tal lo lleva Guille este año.
Yo entiendo que todos queremos tener nuestros propios detalles con los críos, pero sería cuestión de limitar un poco las cosas. Un regalo por persona está muy bien, no hace falta inundarles con más. Y, en todo caso, no debemos olvidar nunca que para un niño el mejor juguete somos sus padres. Los rodeamos de miles de cachivaches por múltiples motivos: que se supone que son educativos, estimulan sus capacidades de no sé cuántas cosas, que a nosotros nos hace más ilusión que a ellos mismos... pero al final lo que hacemos es ahogar su creatividad, su capacidad de imaginar, de jugar sólos. Cuando son bebés, no necesitan juguetes. Se lo pasan pipa con el mando de la tele, el teléfono, un servilletero, una hoja de papel, una sencilla caja. Cuanto más mayores son, más cosas necesitan. ¿Hasta qué punto es evolución propia? ¿no será que los acostumbramos a los juguetes cada vez más elaborados? ¿a dárselo todo hecho? en otros tiempos, los niños no tenían tantas cosas y jugaban y se divertían dando nuevos usos a los objetos cotidianos de un hogar. Disfrazándose con ropa de los mayores, montando un mercadillo en la calle con piedrecitas y barro... ahora los disfraces vienen hechos y completos hasta el mínimo detalle, las tiendas están llenas de cajas registradoras, cocinas, supermercados, carritos de compra, alimentos de plástico para todos los gustos.

Y no es que yo quiera volver a la más rígida austeridad, ni mucho menos, pero sí creo que deberíamos encontrar un mínimo equilibrio en la cuestión de los juguetes. No ahogar la creatividad de nuestros hijos con tanto cacharrito del que acaban aburriéndose en dos días. Sobre todo en los de más mayorcitos porque al fin y al cabo, los de los chiquitines sí que están muy pensados para estimularles o enseñarles cosas, pero ¿os habéis parado a mirar una tienda de juguetes? Recuerdo un día en el Corte Inglés. Subimos a la cafetería a merendar y en la mesa de al lado se sentó otra familia con dos niñas de unos... no sé, 6 y 8 años, aproximadamente. Llevaban una especie de árbol-casa con unos muñequitos. Lo estuve observando de forma más o menos disimulada durante un rato y al final mi conclusión fue, ¿pero a eso cómo se juega? vale, era muy mono, visualmente muy atractivo, no lo negaré, pero te paras a pensar y es que eran tan poquitas las cosas que se podían hacer con eso... las niñas estaban encantadas pero claro, acababan de desembalarlos. No sé cuánto les duraría pero apostaría porque no pasó la prueba del día siguiente.
¿Qué os parece? ¿Qué juguetes os gustarían para vuestros hijos?, o mejor, ¿cuántos? mi recomendación desde luego es clara. Moderación en los obsequios materiales y ofrecerles el mejor regalo posible: tiempo de juego con sus padres. Un rato de cosquillas, peinarnos mutuamente, tirarnos por el suelo con ellos, leerles cuentos, llevarlos al parque... o simplemente dejarles que se nos suban por encima a carcajada limpia. Nada suena mejor que una carcajada infantil, ¿no os parece?.
Lamamma