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¿Educamos en valores? La solución es la virtud. Palabra rara hoy día ésta de ‘virtud’ -que significa fuerza, por cierto-, y algo desacreditada, pero es el lema del III Congreso de Educadores Católicos que se celebra en Madrid mañana, sábado, organizado por la Fundación Educatio Servanda.
Temas que hablarán de para qué sirven las virtudes, de la afectividad y la voluntad, o de cómo comunicar y motivar a vivir las virtudes en las nuevas tecnologías, serán tratados por expertos.
Educar en valores a todo el mundo le gusta. ¿Pero cómo conseguimos enraizar valores en nuestros hijos si no les ayudamos a adquirir virtudes? Es decir, ¿cómo conseguimos que sean estudiosos si no les formamos en la virtud de la fortaleza o la responsabilidad? ¿o que sean honrados como futuros ciudadanos si no les enseñamos a ser veraces y justos? ¿o que sean solidarios con los demás si no les educamos en la generosidad desde pequeños? ¿o que sean educados si no les corregimos los arrebatos de ira?
Según informa Aceprensa, se están llevando a cabo en Madrid y en el País Vasco algunas experiencias en centros educativos para tratar de enseñar a los escolares el control de sí mismos en relación con las emociones, la resolución de conflictos, los sentimientos e impulsos –que no niegan su libertad-, etc, con el fin de que lleguen a una mayor maduración personal. Aprender a conocerse y a dominarse, aspirar a una meta e ir a por ella, en el terreno de la amistad, de los estudios, de la familia, es un modo excelente de que crezcan en esos valores que queremos que vivan.
Todas estas experiencias son bienvenidas, ya que tratan de poner orden en esta sociedad esquizofrénica, en la que la exaltación de los sentimientos sin encauzar y los impulsos más primarios son fomentados al mismo tiempo que contradictoriamente se aplaude la "educación en los valores". Esta maraña emocional que sufren sobre todo los niños y adolescentes les llega por todas partes, incluso desde su propia familia, de los compañeros y amigos y, abrumadoramente, de la televisión y el cine.
La educación en las virtudes se logra en la familia. El colegio también es muy importante, siempre que vaya al unísono con los padres. Porque lo que, en definitiva queremos, es que nuestros hijos sean más felices. Pero para ello hay que escoger el camino más recto. Las escuelas de padres enseñan cómo hacerlo, lo digo por experiencia.
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Con frecuencia viajo en metro con una persona ciega acompañada por su perro guía, y me encuentro con que a la gente en general le encanta ver al perrito. Todo el mundo sonríe y comenta: “¡Qué bueno es…, qué bonito…! ¡Qué listos son estos perros!”. Pero muy pocos se mueven de su sitio para dejar a mi amiga el asiento y deje de hacer equilibrios para no caerse. Y no creo que los jóvenes que van en su mundo, aislados con su “pinganillo” oyendo música, se hagan los “longuis” con malicia, simplemente ni se les pasa por la cabeza que se debe ceder el asiento a las personas mayores, a las embarazadas y a los discapacitados, pese a que hay cartelitos que lo recuerdan. Me dan ganas de decirles: “Menos qué perrito tan mono, y más levantar el trasero…”. ¡Por educación me callo!
A veces, padres no tan jóvenes -se suponen que tienen un mínimo de urbanidad- van con sus hijos y éstos permanecen tan ricamente sentados y los padres no son capaces de decir a los chicos que se levanten o, si son muy pequeños, cogerlos en brazos para hacer sitio.
No sé si esa asignatura de Educación para la Ciudadanía, que se viene impartiendo en los colegios desde hacer dos cursos está sirviendo para algo. Me da que no. Pero es que ciertas cosas elementales de educación se aprendían en la familia y no sólo en la escuela donde, en tiempos de mi abuela, enseñaban Urbanidad y era básicamente eso: dar las gracias, que las cosas se piden por favor, ceder el paso, cómo comportarse en la calle y en la mesa, en la iglesia, etc.
Nada de eso parece vigente: ahora es la “ley del más fuerte”, la espontaneidad mal entendida en los comportamientos sociales. La solidaridad con los demás queda sólo para las acciones que llevan a cabo las ONGs en países lejanos. Pero ¿qué pasa con el prójimo, con los que tenemos más cerca? Una pena que estas cosas hoy se minusvaloren, como incluso las muestras de educación o respeto de un varón hacia una mujer se malinterpretan como machistas.
Creo que la cultura individualista actual, en la que está devaluada toda forma de cortesía, es producto de la falta de moral en todos los campos. Qué esfuerzo titánico contra los elementos hacen muchas familias por educar en esto también a los niños… Y es que un poco de por favor no nos viene mal a nadie.
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He pasado una temporada en Estados Unidos por razones familiares y recién llegada a Madrid no puedo dejar de observar un fenómeno que se está extendiendo como la pólvora en nuestro país: la importación del dichoso Halloween. Allí, estos días, hay un verdadero tsunami de promoción publicitaria para la venta de golosinas, calabazas y disfraces siniestros. Desde primeros de septiembre el halloween yanqui es todo un fenómeno consumista.
Y aquí también lo observo en los escaparates de los grandes almacenes y en las tiendas de chuches. Los chinos, que son unos avispados comerciantes, venden atuendos de esqueletos y caretas de zombis por 2 euros y muestran calabazas –es la época de esta hortaliza- desdentadas.
En casa no entramos en este juego de la noche de las brujas, aunque mis hijos han sido invitados a fiestas de disfraces y los niños del vecindario vienen a pedir caramelos con el “truco o trato”. Si te paseas por ciertos barrios de Madrid y a la salida de los colegios verás pequeñas brujitas, hadas malas, diablillos y, sobre todo, zombis y vampiros, tan de moda entre los teen por la televisión y el cine.
Cuando yo era pequeña, en el colegio leíamos las leyendas de Bécquer –que a mí me hacían temblar- y en la tele ponían “Don Juan Tenorio”, cuya escena del convidado de piedra nos estremecía de miedo. Y recuerdo que me costaba dormir también en la noche de Difuntos. Aparte de esos sentimientos infantiles, estas fechas se recordaban con un tono religioso y no como algo festivo y supersticioso.
Hay una película sobre el tema, que tengo que confesar que me divierte mucho, que se llama “El retorno de las brujas”, donde una de las hechiceras que resucitan en el mundo actual dice: “Hermanas, ¡halloween se ha convertido en una frivolidad para que se diviertan los niños!”.
Pero la gran frivolidad es jugar con la trascendencia del más allá. Una manera de tomarse a broma algo como la muerte, tratando de no pensar en la gran Verdad de nuestra existencia: la de que algún día seremos cadáveres y nos encontraremos cara a cara con nuestro Creador.
Yo, por eso, y mucho más detesto el halloween y me niego a tomar parte en la pantomima general.
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Suelo viajar en metro muy a menudo. Es un medio de transporte que me encanta: leo, juego, escucho música y hasta rezo. También observo al personal y, claro, ahí veo de todo. En estos días en que el calor se nos ha echado encima, el espectáculo visual a veces es bastante grotesco: atuendos que están bien en la playa en plena ciudad, chanclas de goma, shorts ajustados, escotes hasta el ombligo… pero es que con frecuencia los pies están sucios y descuidados, hay celulitis en los muslos y vello en las axilas. Seguro que estas personas sin sentido del ridículo no irán precisamente a la playa, sino a trabajar, al médico, a hacer alguna gestión o simplemente de compras. ¿Por qué, entonces, no adecúan su vestimenta al escenario?
Hace poco, el movimiento “slutwalk”, surgido en algunas ciudades a raíz de que se dijera –injustamente por cierto- que ir vestida como una fulana provoca la violación, protestaba por asimilar al vestido a las agresiones contra las mujeres. Sin embargo, no se ha oído ni una sola voz en contra de las mujeres obligadas a vestir el burka en tantos países musulmanes, practiquen o no esta religión.
También recientemente hemos sabido de la prohibición en Barcelona a ir semidesnudos por la calle o en traje de baño, como en otros países a mostrar la ropa interior en lugares públicos.
Lo que es de sentido común, y que hay que transmitir a los hijos y a las hijas, es que el vestido dice cosas. Vestir de determinada manera trasmite cómo somos, qué nos gusta, cuáles son nuestras prioridades y hasta qué pensamos de los demás. El vestido actúa como un cartel de declaración de intenciones. No sólo nos ponemos la ropa para protegernos del frío o del calor, sino para sentirnos guapos, cómodos o adecuados en un entorno determinado. Esto lo saben los grupos o las tribus urbanas, cuyo vestuario sirve para identificarse entre ellos: los góticos, hippies, yuppies, rastafari…
La vestimenta es también un modo de relacionarnos con los demás y de mostrarles nuestro aprecio: vamos a una boda vestidos de fiesta por respeto a los novios, a una presentación de un libro u otro acto social con chaqueta y corbata, etc.
La filosofía actual del “todo vale si a mí me gusta” y por supuesto de “yo visto como quiero”, sobre todo entre los jóvenes, hace difícil distinguir a una persona de otra y puede llevar a confundir roles, como en el caso de la vestimenta de las prostitutas. Qué duda cabe que el vestido ha ejercido siempre, y eso está en la naturaleza humana y no se puede cambiar, un atractivo especial hacia el otro sexo, y no hay que chuparse el dedo y no negarlo.
Nuestros hijos ven en el ambiente todos estos estímulos y muchas veces no saben cómo actuar. Por eso es urgente aprender modas y modos y darles pautas. Por cierto, acabo de saber que una revista de moda y cultura, Asmoda (www.asmoda.com), ofrece cursos de protocolo y moda dirigidos a gente joven, Fashion 4U.
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Listas de “comunión” en tiendas exclusivas o en grandes almacenes, viajes a complejos de ocio infantiles, vestido casi nupcial y complementos de todo tipo, peluquería, recordatorios, gran reportaje y video fotográfico, muchos invitados al banquete en hoteles de lujo, con aperitivo previo, entrantes, mariscos, cava y gran tarta de varios pisos… y en algunos casos hasta baile, magos, payasos, todo para entretener a niños y mayores.
Según estudios, una familia puede gastarse en la Primera Comunión de su hija (la de los varones es algo más barata) entre 3.000 y 6.000 euros, sumando los gastos de vestuario de fiesta de la familia. Y eso sin contar "el viaje de comunión".
Todo esto se ha convertido en una auténtica locura, una exageración de gastos y parafernalia, en la que a los niños se les distrae de la envergadura de lo que van a hacer con tantísimos regalos, fiesta y protagonismo. Las niñas vestidas de “Sissi”, con frecuencia con los hombros descubiertos y llena de lazos y perifollos, son bastantes ridículas.
En algunos colegios y parroquias se está extendiendo la costumbre de aconsejar un vestido uniformado, blanco, largo, no tan principesco pero digno. Un vestido que luego se puede aprovechar acortándolo. Eso parece una buena solucuión a tanto exceso. También se puede recurrir a pedir prestado los trajes y complementos a alguna prima, amiguita, etc.
No me extraña nada que haya personas que piensen que la Primera Comunión es una hipocresía más, tan socialmente aceptada que incluso se ha organizado alguna vez una "comunión laica". Por supuesto, que se debe estrenar un vestido y hay que hacer fiesta, pero dentro de un contexto familiar, con pocos invitados, organizando si es posible la merienda o la comida en la propia casa. La falta de sitio que supone una vivienda pequeña es evidente que es un impedimento, pero siempre se pueden encontrar soluciones sencillas para celebrar sin tanto despilfarro.
Deberíamos los cristianos volver a las raíces genuinas de lo que significa recibir la Eucaristía por primera vez. La catequesis del ejemplo, hoy en medio de una sociedad tan consumista, se hace imperiosa.
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De vuelta de las vacaciones de Semana Santa, me ha asombrado que se hable de castidad últimamente en los medios de comunicación. No es un valor precisamente de moda.
Hace muchos años, cuando con ocasión de un Congreso de Familias Numerosas que se celebraba en Madrid, fue invitada a participar la Madre Teresa de Calcuta, una periodista le preguntó qué les quería decía a los jóvenes españoles. Ella, sin dudarlo, respondió: “¡Qué vivan la pureza!”.
Ahora, se han atrevido a decirlo también unos obispos canadienses, que han enviado una carta a los jóvenes de su comunidad que, lógicamente, vale para todos. En ella, les animan a descubrir la alegría que conlleva vivir la castidad según el estado de cada uno.
“Queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”-dicen aludiendo a Benedicto XVI en la misa de inauguración de su Pontificado. Algo muy parecido proclamó recién elegido Juan Pablo II en 1978.
Una de las manifestaciones de no tener miedo es vivir la castidad con optimismo. Dar rienda suelta al instinto –como se aconseja implícita o explícitamente desde muchos ambientes- por el contrario trae infelicidad e insatisfacción a la larga. Porque tanto el cuerpo como el corazón pasan factura.
Mucha gente vive la castidad, incluso no cristianos. No es sólo para los que han dejado el mundo y han ingresado en un convento. Cualquier joven lo puede hacer si se lo propone. El cuerpo es un tesoro, y la dádiva de él corresponde hacerla en el momento y a la persona adecuada. Es una pena que esto suene a chino en muchos ambientes, ya que se fomenta todo lo contrario desde la televisión, el cine y la azarosa vida de los famosos, iconos no sólo de moda sino también de comportamientos bastante lamentables. Y nunca es tarde, porque existe también una castidad del corazón.
La castidad es también para los casados. La fidelidad y la exclusividad del amor, recibir sin egoísmo y sin cicatería el fruto de la unión esponsal, los hijos, es fuente de felicidad. Incluso, humanamente hablando, estar abiertos a vida evita todo tipo de complicaciones íntimas y quebraderos de cabeza que nos hacen desdichados.
Vivir la pureza requiere proponérselo y, sobre todo, cumplir una serie de cosas. Siempre se ha recomendado la oración, los sacramentos de la confesión y de la Eucaristía, y la dirección espiritual. Pero también es importante qué amigos se tiene, qué lugares se frecuenta o qué tipo de ocio se elige. Merece la pena al cien por cien.
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En una ocasión, la amiga de una de mis hijas, cuando le pregunté qué iba a estudiar en el futuro, muy resuelta me soltó: “¡Yo, lo que quiero es ser famosa!”. No sabía cómo lo lograría, pero lo que tenía muy claro es que ésa era su meta.
Si desde pequeños nuestros hijos están viendo machaconamente en todo lo que les rodea la necesidad de tener un físico espectacular, lucir prendas de marca y triunfar en un mundo de lujo, cualquier revés en estos campos les conducirá a un vacío importante.
Hace poco, la revista Vogue en Francia sacaba una portada con tres niñas de entre cinco y siete años luciendo modelitos, joyas, zapatos de tacón y complementos de Versace, Yves Saint Laurent, Bulgari, Boucheron, Balmain y Louboutin. La actitud provocativa de las niñas generó una buena polémica. Las niñas, cuando éramos pequeñas, disfrutábamos maquillándonos y calzando los zapatos de tacón de nuestras madres, de forma ingenua e infantil. Hasta ahí todo normal. Pero hacer de estas niñas mujercitas en miniatura, con grandes escotes, minifaldas imposibles, tacones de aguja y maquillaje exagerado, ¿es ético?
Está claro que el mundo de la comunicación y la publicidad que se propone a los jóvenes está fuertemente erotizado. Los personajes de las series de televisión y las estrellas de la canción son, ahora, los nuevos iconos para la juventud. Igual que ellos, cuya estrategia promocional pasa por el look llamativo y provocativo muchas veces, nuestros hijos imitan el comportamiento, la moda, los modos de relacionarse y las oportunidades de ocio.
No pasa nada cuando hay divorcios, infidelidades y deslealtades: se sigue acudiendo a las fiestas, saliendo en la tele y posando en un photocall con una sonrisa de plástico. La moda, el físico, la apariencia: eso es lo fundamental para el triunfo, así que el drama llega en muchas familias cuando un chico o una chica no pueden llevar ese tren de vida que admiran. ¿Se está fomentando la insatisfacción de los jóvenes?
¿Y en casa? ¡Qué difícil es a ciertas edades convencerles de lo que verdaderamente merece la pena! Siempre, en estas cosas como en todo lo demás, lo que vean y oigan en la familia, les ayudará a evitar la frustración. Porque la vida está tejida de esfuerzos, y la vida aparentemente fácil de los famosos y triunfadores es con frecuencia sólo un espejismo. En el backstage se vive con frecuencia el drama.
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Leo una noticia sorprendente en el periódico: una madre “desconecta” durante nada menos que seis meses a toda su familia de ¡ordenadores, internet, móviles y redes sociales!
Se trata de una norteamericana con tres hijos adolescentes, divorciada, que al observar que sus hijos pasaban horas y horas enganchados a las nuevas tecnologías, cortó por lo sano; tanto que, para evitar tentaciones, quitó drásticamente la conexión eléctrica de su casa. Y a esta decisión la llamó “El Experimento”.
Menos mal que era invierno y los alimentos aguantaron sin frigorífico gracias a las bajas temperaturas. Pero el caso es que se encontraron de la noche a la mañana sin internet, sin móviles y sin televisor. Sólo la tradicional línea fija del teléfono parecía una concesión a la modernidad. Que eso lo hagan los “amish”, ese peculiar grupo religioso que rechaza el progreso y, por supuesto la electricidad, sería normal. Pero que se atreva una familia de clase media, en la que la propia madre reconoce que ella también está enganchada a las redes sociales, tiene mucho mérito.
¿Cuáles fueron las consecuencias? La hija mayor, de 18 años, se buscó la vida pasando mucho tiempo en la biblioteca de la escuela, allí se podía conectar a internet, pero también estudiaba más. El mediano, de 16, era un completo adicto a los videojuegos y a los programas de televisión, pero descubrió que le gustaba la música y comenzó a practicar el saxofón. Lo peor fue la reacción de la pequeña, de 14 años. Tras “armarla buena”, se fue unas semanas a casa de su padre con su portátil en el bolso y, al volver a casa, pasó horas hablando por el teléfono fijo, lo que hacía cualquier adolescente antes de la era informática. Fue la que sacó menos jugo al “experimento”.
Así y todo, leían y hablaban más entre ellos, salían más de casa y organizaban meriendas a las que acudían amigos intrigados por ver cómo podían vivir así, todo a la luz de las lámparas de petróleo y calentándose con estufas.
Al final de los seis meses, la conclusión de la familia –esto sí fue consensuado entre todos- es que al menos los domingos harían el propósito de no conectarse a internet, de usar lo imprescindible el teléfono y de no ver la televisión. No estaría mal que en cada hogar español se hiciese lo mismo: se recuperaría mucha comunicación familiar.
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Recuerdo que hace un tiempo lo que hacía furor entre los adolescentes era el messenger: poder chatear a tiempo real con un amigo o con un grupito. Pero algo que nos parecía tan arraigado en los jóvenes (y en los adultos) ha pasado ya a la historia. Ahora es el tuenty, el facebook o el tweety.
Todo el mundo quiere tener su red social, en la que lo principal es mantener una llarga ista de cientos de amigos. Eso da prestigio. Lo demás importa menos. Se presume de conocer a mucha gente, y se entablan relaciones "digitales" que con frecuencia son muy tenues, pues apenas pasan de ser simples conocidos o amigos ocasionales. Precisamente en eso se basan las redes sociales: como una tela de araña que va tejiendo su malla cada vez más amplia, así se alimenta el facebook o el tuenty, con el engrosamiento de la lista de amistades que poco tienen que ver unos con otros.
Mi hija me ha dejado ver su "muro". Divertido pero muy insustancial, ésa es quizás la razón de ser de las redes sociales: fotos con amigas, fiestas, canciones favoritas, juegos compartidos, bobaditas escritas con muchas admiraciones, tartas de cumpleaños y corazones rojos... Nos hemos reído juntas, y hemos comentado la ventaja de estar "comunicado" con gente con la que no tenemos tiempo -desgraciadamente- de quedar. También hemos estado de acuerdo en que no se puede sustituir el cara a cara delante de un refresco o un café, o incluso una llamada de teléfono, con la charleta digital. La informática da inmediatez y facilita las cosas, pero es fría como un témpano y nunca sustituirá el contacto humano.
La red social, cuando se usa como un divertimento, es como la televisión: una opción más de ocio. Me parecen bien, son entretenidas, comentas cosas, te ríes de lo que dice uno u otro, felicitas por los cumpleaños y subes fotos divertidas. Pero, como todo, no te pases con su uso, es muy fácil estar horas y horas mirando esto o aquello, y ahí ya se pierde mucho tiempo cuando no te expones a perder algo más. Y hay que tener mucho ojo con la intimidad, con las cosas que dices o compartes, con quién te ve y quien te pueda engatusar. Mi hija nunca contesta invitaciones que le suenen raras o que no conozca bien, y tiene muy clara la privacidad de su grupo de amigos. En esto, aunque los padres vayamos a años luz de lo que saben nuestros hijos, debemos esforzarnos por darles criterios.
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Sabemos que están ahí, gastando su juventud y viviendo como parásitos, esos chicos y chicas de la generación "ni-ni", que ni estudian ni trabajan. Se escribe sobre ellos en la prensa y he visto reportajes y hasta concursos en la televisión. Son los monstruitos que podemos crear muchos padres perezosos y poco comprometidos.
Pero se habla escasamente de ésos otros, buenos estudiantes que, con su trabajo, se ganan unos euros con los que pagar sus gastos e incluso sus estudios, ayudando así en casa. Los hay repartidores de pizzas, de publicidad en el metro, empaquetadores de regalos o camareros de fin de semana.
Pero no son noticias estos jóvenes alegres, trabajadores, que, incluso, donan parte de su tiempo libre (más costoso que una sustanciosa limosna) a comedores de caridad, voluntarios en hospitales o catequistas en parroquias. Ante tanto friki pendiente de ídolos de moda o de botellón alienante, yo me quito el sombrero ante estos chicos. Los estoy viendo ya preparar con ilusión en sus parroquias, asociaciones juveniles y colegios la llegada del Santo Padre en agosto para la Jornada Mundial de la Juventud. El día que escribo esto están muchos de ellos participando en el Congreso de Jóvenes con Valores, que se celebra en Madrid, y que recoge ponencias y testimonios de gente que ha sido valiente ante la adversidad, que ha rectificado el rumbo de su vida y que ha sabido sacar de los males bienes.
Estimular y saber ofrecer ejemplos coherentes de vida es la manera de que nuestros hijos se integren y colaboren a hacer un mundo mejor, algo tan propio de la juventud, y para que no pierdan, como tantos otros, las ganas de trabajar y de tener metas grandes. Yo estoy deseando ver esta tarde a mi hija y que me cuente cómo le ha ido en ese Congreso de Jóvenes con Valores y qué conclusiones ha sacado.
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El otro día merendaba yo con una amiga a la que hacía meses que no veía.Tras ponernos al día del retraso de noticias, salí de allí con un agobio tremendo, Dos hijos, un trabajo de responsabilidad con jornada partida, es decir, con una jornada interminable, poca ayuda en casa, y un marido quejica.
Me dio pena, su estado psicológico dejaba mucho que desear. A sus hijos los veía por la noche ya metidos en la cama: hola y adiós. A su marido, apenas el tiempo de una cena rápida, tirando de nevera, porque debía preparar las tarteras de los niños, aún en edad escolar. Y mientras, el teléfono sonando y "robando" esos minutos preciosos de intimidad: recados, publicidad telefónica, o una amiga que llama para charlar en el momento más inoportuno... Conocía apenas cómo iban sus hijos en el colegio, si habían hecho la tarea, si habían tenido problemas -el mayor de 11 años es bastante conflictivo. Los fines de semana los dedicaba a hacer la compra en el híper y a limpiar la casa. No tenía tiempo para el ocio. La rutina y las prisas se han adueñado de esta familia, pero como pasa en tantas otras de jóvenes matrimonios que, pudiendo ser muy felices, viven en un estado constante de desilusión y cansancio.
Conciliar todo es complicado a veces, sobre todo cuando nuestra sociedad no facilita nada -más bien hunde en el barro- el trabajo de la mujer en el hogar. La necesidad de llevar dos sueldos a casa porque cualquier cosa está por las nubes hace que ambos padres estiren el trabajo en la oficina hasta 15 ó 16 horas, sacando horas extra que se roban a la familia, al ocio o al sueño. Y los hijos, cuando los hay, medio atendidos por abuelos -los pobres hacen lo que pueden- o por asistentas no cualificadas. El resultado es un hogar frío, sin calor porque se ha convertido en una simple pensión. Y todo eso, simpremente porque hemos decidido que las madres debemos unirnos a una carrera sin meta, que nos agobia, nos roba la salud y nos pone de mal humor.
¿Merece la pena tanto esfuerzo que nos pide a cambio la felicidad? Cada vez se habla más de conciliación familia y trabajo y de empresas solidarias con sus empleados, eso es una buena noticia. Pero mientras los de arriba no ayuden -cuando no impiden- verdaderamente a la familia a ser sólida para construir una sociedad también sólida, y a pesar de ser políticamente incorrecto, creo que es preferible elegir la felicidad de la propia familia que la satisfacción personal de trabajar fuera de casa. Curiosamente, esto lo percibí en otra amiga, que se fue de su trabajo para atender a sus hijos pequeños, y que me ha confesado que está feliz y que se siente mejor que nunca, a pesar de que tienen que hacer más economías que antes.
Que la familia, el hogar, sea un lugar al que apetezca volver después del colegio o del trabajo, es el mejor indicio de que se está logrando lo más importante: la felicidad en el matrimonio y la más eficaz formación de los hijos, que, en su momento, tratarán de formar una familia como la que vivieron ellos.
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Siempre nos hemos reído de la tendencia de chicos y chicas por formar grupitos separados a la hora del recreo. Eso sí, se miran de reojo de lejos... Y entonces comentamos: “Míralos, si es que en clase se mezclan, pero luego busca cada cual a sus amigos o amigas para estar juntitos”.
La hora del recreo descubre los verdaderos intereses de unos y otros, es el momento de la liberación, de la espontaneidad, de buscar a los compañeros de juego, de hacer lo que les apetece: ellas, la comba, los cromos, el pilla pilla o, simplemente, cuando son más mayores, estar juntas charlando de sus series favoritas, de ropa o intercambiando canciones con el móvil. Ellos se dedican al fútbol o al baloncesto, necesitan más moverse.
Pero eso está muy mal. Lo ha dicho el extinto Ministerio de Igualdad: le ha dado tiempo de presentar una proposición no de ley para que en los recreos de los colegios públicos y concertados se “vigile” a qué juegan los niños. Yo, incluso, iría más allá y diría que lo que realmente les preocupa es a qué juegan las niñas. No puede ser que las niñas anden “jugando a las casitas” o “a las mamás”, eso es inadmisible en una sociedad que pretende erradicar el “sexismo”.
Este tratar de regular absolutamente todo, incluso entrando en ámbitos familiares y de ocio privado, es propio de los regímenes totalitarios. Esto se hace en China y en Cuba, y se comprende porque sus regímenes comunistas no creen en la libertad individual ni en la autonomía personal en lo privado.
Lo que les faltaba ahora a los profesores es imponer a qué deben jugar los alumnos, con quién deben andar, cómo deben pensar. Suficiente trabajo tienen en el aula para que también fuera de ella deban ocuparse de aplicar las directrices gubernamentales. Esta iniciativa, como la obligación de la asignatura de educación para la ciudadanía, sólo busca imponer la ideología de género desde que nuestros hijos son pequeños. Fue éste uno de los argumentos clave de la Conferencia de la Mujer en Pekín de 1995, a la que, por cierto, tuve la oportunidad de asistir.
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Comenzamos un nuevo curso y ponemos las cosas claras. Aún hoy, la educación de los hijos recae al 90 por ciento en las madres. Somos las que nos ocupamos/preocupamos del tema escolar, de las rutas, de los menús, de las carteras y los libros, de la ropa, etc. Somos las madres las que actuamos de enlace con los colegios, las que vamos a las tutorías, las que asistimos a las reuniones del APA y, no digamos, cuando los niños se ponen enfermos: allá que dejamos todo por atenderles. Somos las madres las que estamos pendientes de la televisión que ven, de los libros que leen, de sus diversiones, de que estudien, de llevarles y traerles a los cumpleaños de los amiguitos, y cuando son adolescentes a dónde y con quién salen, etc.
¿Y el padre? ¿Qué pinta en todo esto?
Salvo excepciones, los padres con frecuencia van a lo suyo. Ellos están en su trabajo y, si acaso, cuando llegan a casa se ocupan de las cenas, dan alguna que otra orden y ya está. Dirigido no tanto a familias monoparentales sino sobre todo a esos padres que no saben/no contestan, el psiquiatra Aquilino Polaina ha publicado el libro “¿Hay algún hombre en casa? Tratado para el hombre ausente”.
El Dr. Polaino se refiere especialmente, más que a la presencia física en esas cosas cotidianas, a la educación desde el punto de vista afectivo y social, aspectos a los que muchos padres no prestan atención debida. Estar con los hijos significa dedicarles tiempo, aunque suponga renuncias personales de otra clase. Y el tiempo se saca. Muchos hombres estén de manera excesiva metidos en su trabajo y en sus relaciones sociales, dejando a la madre todo el peso de la formación de los niños.
Y ahí dice Polaino:“el fin de la pareja estable es la familia: el trabajo es un medio al servicio de ésta, y si los medios se transforman en fines, la actividad profesional pierde su sentido”. Quizás mucha gente da más importancia al éxito profesional que a su propio triunfo personal y familiar, que va a ser, en definitiva, lo que le proporcione la verdadera felicidad y la estabilidad emocional. Todo esto se consigue con una buena armonía entre los cónyuges y con unos valores bien afianzados, que incluye, como no podía ser de otra manera, cuidar el espacio dedicado al ocio y a la diversión, un estupendo medio para conocer y educar a los hijos. Así que... ánimo, padres, que tenéis todo el curso por delante.
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¿Corte...qué? Educar a nuestros hijos no es sólo llevarles a un buen colegio, sino, sobre todo trasmitirles los padres ejemplos de vida. Esto parece muy grandilocuente, pero en realidad se trata de descender a la vida diaria. Los niños observan cómo nos tratamos los padres: si nos damos las gracias entre nosotros, si pedimos las cosas por favor, si no nos faltamos al respeto en una discusión, si nuestro tono humano es sereno y cordial...
Y la cortesía lleva como por un plano inclinado a la honradez. Hace poco, estuve comiendo en una pizzería con unos amigos y con sus hijos. A la hora de pagar, resulta que se equivocaron en la factura a favor nuestro. Cualquiera, quizás, se hubiera callado, total, con lo que nos quitan por otro lado y los precios abusivos que hay... Nuestros amigos llamaron al camarero y le hicieron ver el error. Éste, muy admirado, le dio las gracias. No estaba acostumbrado a eso.
Pero más que por el restaurante en sí, yo me alegré mucho por el ejemplo que estaban dando a sus hijos, ya casi adolescentes. Estos, cuando alguno de sus amigos les proponga hacer un "sinpa", se lo pensarán dos veces. Hacer un "sinpa" es irse sin pagar de los sitios, y se están poniendo de moda entre los jovenzuelos-bien que, en un descuido, se largan sin abonar la consumición en una terraza o en un bar. La ausencia total de remordimientos e inconsciencia ante una acción tan injusta -quizás no sepan que la factura la tendrán que pagar los propios empleados- es un síntoma de la falta de valores en que se educa tanto en los colegios como en las familias.
A veces los padres, sin darnos mucha cuenta, fomentamos comportamientos rudos o gamberros, porque nos quedamos con algo que nos hemos encontrado, pudiendo devolverlo; porque si nos dan mal el cambio a nuestro favor, nos callamos; porque si rozamos un coche ajeno no dejamos nota en el parabrisas; porque somos muy tacaños a la hora de dar limosna o echar algo en el cepillo de la iglesia; porque exigimos a gritos si pensamos que nos han hecho una injusticia; porque nos llevamos material de oficina del trabajo, etc.
Si en la familia reinan estas virtudes de la honradez, de la generosidad, de la educación con que tratamos a los demás, del respeto por las cosas ajenas y por las personas, nuestros hijos aprenderán del ejemplo, algo mucho más eficaz que los sermones que puedan oir.
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No es la primera vez que salta la polémica por llevar una alumna el velo islámico en un centro de enseñanza. Como es un tema que no está resuelto, seguirá habiendo problemas. La chica del institulo de Pozuelo de Alarcón tendrá seguramente que buscarse otro instituto, ya que, por lo visto, cada centro elabora sus propias reglas en cuanto a vestimenta y normas de urbanidad.
Que haya reglas claras está muy bien, pero creo que permitir llevar el "hiyab" es una muestra de respeto hacia otra religión, aunque justo ésta no se caracterice precisamente por su tolerancia hacia las demás... No es lo mismo, por ejemplo, como decía la presidenta de la Comunidad de Madrid, que llevar bikini. No es acertada esa comparación.
Evidentemente, en un centro escolar donde no hay uniforme, hay que establecer unas reglas bien concretas relativas a los atuendos de los alumnos, porque de otra forma, el descontrol puede ser mayúsculo. A mi modo de ver, que una mujer musulmana lleve velo es sólo una muestra cultural-religiosa, pero a estas alturas ¿quién puede afirmar que esa chica sea menospreciada por el hecho de ser mujer y llevar velo? Es sólo una expresión de su religión. Muchos cristianos lucen cruces, ¿y qué? Las monjas llevan tocas, ¿y qué?
Lo malo es la explicación que se ha dado: que no se puede llevar la cabeza cubierta con gorras u otras prendas dentro del centro. Si respetamos las diferencias entre unos y otros, no tiene por qué haber ningún conflicto.Lo que hay es miedo a la libertad. Deberían dejar a esta chica a ir a clase como quiera, ya que se trata de algo que no significa una ofensa ni un escándalo al resto de sus alumnos. Lo que ocurre es que la necesidad de prohibir de nuestros dirigentes hace que cuelen el mosquito y se traguen el camello.