DESCONECTAR A LA FAMILIA
Leo una noticia sorprendente en el periódico: una madre “desconecta” durante nada menos que seis meses a toda su familia de ¡ordenadores, internet, móviles y redes sociales!
Se trata de una norteamericana con tres hijos adolescentes, divorciada, que al observar que sus hijos pasaban horas y horas enganchados a las nuevas tecnologías, cortó por lo sano; tanto que, para evitar tentaciones, quitó drásticamente la conexión eléctrica de su casa. Y a esta decisión la llamó “El Experimento”.
Menos mal que era invierno y los alimentos aguantaron sin frigorífico gracias a las bajas temperaturas. Pero el caso es que se encontraron de la noche a la mañana sin internet, sin móviles y sin televisor. Sólo la tradicional línea fija del teléfono parecía una concesión a la modernidad. Que eso lo hagan los “amish”, ese peculiar grupo religioso que rechaza el progreso y, por supuesto la electricidad, sería normal. Pero que se atreva una familia de clase media, en la que la propia madre reconoce que ella también está enganchada a las redes sociales, tiene mucho mérito.
¿Cuáles fueron las consecuencias? La hija mayor, de 18 años, se buscó la vida pasando mucho tiempo en la biblioteca de la escuela, allí se podía conectar a internet, pero también estudiaba más. El mediano, de 16, era un completo adicto a los videojuegos y a los programas de televisión, pero descubrió que le gustaba la música y comenzó a practicar el saxofón. Lo peor fue la reacción de la pequeña, de 14 años. Tras “armarla buena”, se fue unas semanas a casa de su padre con su portátil en el bolso y, al volver a casa, pasó horas hablando por el teléfono fijo, lo que hacía cualquier adolescente antes de la era informática. Fue la que sacó menos jugo al “experimento”.
Así y todo, leían y hablaban más entre ellos, salían más de casa y organizaban meriendas a las que acudían amigos intrigados por ver cómo podían vivir así, todo a la luz de las lámparas de petróleo y calentándose con estufas.
Al final de los seis meses, la conclusión de la familia –esto sí fue consensuado entre todos- es que al menos los domingos harían el propósito de no conectarse a internet, de usar lo imprescindible el teléfono y de no ver la televisión. No estaría mal que en cada hogar español se hiciese lo mismo: se recuperaría mucha comunicación familiar.