El agobio cotidiano
El otro día merendaba yo con una amiga a la que hacía meses que no veía.Tras ponernos al día del retraso de noticias, salí de allí con un agobio tremendo, Dos hijos, un trabajo de responsabilidad con jornada partida, es decir, con una jornada interminable, poca ayuda en casa, y un marido quejica.
Me dio pena, su estado psicológico dejaba mucho que desear. A sus hijos los veía por la noche ya metidos en la cama: hola y adiós. A su marido, apenas el tiempo de una cena rápida, tirando de nevera, porque debía preparar las tarteras de los niños, aún en edad escolar. Y mientras, el teléfono sonando y "robando" esos minutos preciosos de intimidad: recados, publicidad telefónica, o una amiga que llama para charlar en el momento más inoportuno... Conocía apenas cómo iban sus hijos en el colegio, si habían hecho la tarea, si habían tenido problemas -el mayor de 11 años es bastante conflictivo. Los fines de semana los dedicaba a hacer la compra en el híper y a limpiar la casa. No tenía tiempo para el ocio. La rutina y las prisas se han adueñado de esta familia, pero como pasa en tantas otras de jóvenes matrimonios que, pudiendo ser muy felices, viven en un estado constante de desilusión y cansancio.
Conciliar todo es complicado a veces, sobre todo cuando nuestra sociedad no facilita nada -más bien hunde en el barro- el trabajo de la mujer en el hogar. La necesidad de llevar dos sueldos a casa porque cualquier cosa está por las nubes hace que ambos padres estiren el trabajo en la oficina hasta 15 ó 16 horas, sacando horas extra que se roban a la familia, al ocio o al sueño. Y los hijos, cuando los hay, medio atendidos por abuelos -los pobres hacen lo que pueden- o por asistentas no cualificadas. El resultado es un hogar frío, sin calor porque se ha convertido en una simple pensión. Y todo eso, simpremente porque hemos decidido que las madres debemos unirnos a una carrera sin meta, que nos agobia, nos roba la salud y nos pone de mal humor.
¿Merece la pena tanto esfuerzo que nos pide a cambio la felicidad? Cada vez se habla más de conciliación familia y trabajo y de empresas solidarias con sus empleados, eso es una buena noticia. Pero mientras los de arriba no ayuden -cuando no impiden- verdaderamente a la familia a ser sólida para construir una sociedad también sólida, y a pesar de ser políticamente incorrecto, creo que es preferible elegir la felicidad de la propia familia que la satisfacción personal de trabajar fuera de casa. Curiosamente, esto lo percibí en otra amiga, que se fue de su trabajo para atender a sus hijos pequeños, y que me ha confesado que está feliz y que se siente mejor que nunca, a pesar de que tienen que hacer más economías que antes.
Que la familia, el hogar, sea un lugar al que apetezca volver después del colegio o del trabajo, es el mejor indicio de que se está logrando lo más importante: la felicidad en el matrimonio y la más eficaz formación de los hijos, que, en su momento, tratarán de formar una familia como la que vivieron ellos.