Hubo un día en que el color rojo no traía bonitos pensamientos a la mente de alguien. Escribió sobre aquel color rojo en los escaparates, en las tarjetas, aquellos corazones rojos que hacían sentir más la frialdad.

 

Estos días siempre se acuerda de quienes cenarán solos o no tendrán nada para cenar ni para dar de cenar. De los que pasan frío entre cartones, en la calle y olvidados de todos y de los que tienen que soportar el martilleante:  feliz, feliz, feliz...  

 

Los que son felices, son más felices estos días en que se decreta la felicidad. Los que están tristes se sienten más tristes por no poder dar ni sentir felicidad.  Se sienten culpables de no ver la calidez del color rojo. Sienten frío.

 

No voy a ser hipócrita. Esta tarde he colocado dos árboles, uno donde nunca lo había puesto antes y otro en la sala. El año pasado no lo hice, salí del paso comprando un árbol ya con adornos que planté en la mesa del salón, pero el árbol de todos los años se quedó en su caja en el altillo del armario haciendo compañía a las otras cajas con las figuritas de barro y al viejo árbol plateado que aún no he sido capaza de bajar a la basura, es mi último lazo con... con mi padre. Este año alguien por teléfono me preguntó hace días cuándo íbamos a poner los adornos. Los tendrá cuando llegue a casa, ya están esperando. Árbol y Belén esperan.

 

Rojo en los adornos. Plata en el recuerdo. Fría o cálida Navidad, fría o cálida fuera o  dentro...

 

Un beso a todos los que no se sientan con ganas de festejar porque hay que festejar. Volvemos a los principios... El rojo puede dar escalofríos... o gélida calidez que nadie más que el que tiene frío puede entender.

 

Bicos a los muertos de frío  y no lloréis, aunque las lagrimas son demasiado cálidas para no saborear alguna en buena compañía, la vuestra es la mejor, os siento sin estar.