Me siento blandita...

 

Hace... Ni lo sé. No lo sé, pero hacía mucho tiempo que no cogía este cuaderno para escribirme en él.

 

Esta mañana me desperté muy tarde. La calle estaba mojada y sentí frío. Un sábado más que rompe la rutina diaria de levantarse para ir al trabajo. Los sábados también tienen su rutina, otra: ir a comprar.

 

En el super había una pareja mayor, estaban mirando los embutidos. Yo esperaba que sonase mi móvil y sentí esa punzada dentro. La ahuyenté y me dediqué a ir recogiendo de las estanterías el cúmulo semanal de avituallamientos varios:

 

v     Cuatro cuajadas con azúcar.

v     Seis  yogures líquidos sabor fresa.

v     Un pack de tres latas de atún

v     Dos bricks de salsa de tomate.

v     Un paquete de lentejas.

v     Un paquete de spaghettis.

v     Un tarro de garbanzos cocidos.

v     Una botella de aceite.

v     Un paquete de café molido.

v     Un paquete de taquitos de jamón.

v     Una docena de huevos XL.

v     Tres botellas de agua.

v     Tres bricks de leche semidesnatada.

v     Dos latas de refresco sabor limón.

v     Una botella de cola.

v     Un paquete de servilletas.

v     Un envase de gel de baño.

v     Un frasco de shampoo.

v     Un bote de lavavajillas.

v     ....

 

Iba pensando en que el carro que había dejado en la entrada, con la compra hecha en la frutería y en la tienda de congelados, estaba ya muy cargado. Ir a comprar con paraguas nunca me gustó, entorpece y si no lo abres acabas hecha una sopa.

 

Deposité el contenido de la compra en la cinta continua de la caja y fui volviendo a llenar el carro mientras la cajera iba pasando por el lector de barras todos los artículos. Su voz me bajó de mi nube particular cantándome el importe de mi compra. Después de pagar, vuelta a trasvasar de carro a carro, como en una partida del juego de la oca donde no hubiese puentes que acorten el camino, y a hacer músculo tirando de un carro que mi brazo derecho sentía como si fuese a desgajarlo de mi tronco. Parada en el semáforo, tirón para bajar el bordillo y arrastrar el bulto por las aceras hasta las escaleras que separan el nivel del suelo de la puerta de mi portal. Una mano ocupada con el paraguas y el mismo brazo haciendo de perchero para el bolso y la bolsa con mandarinas, clementinas y lechuga que no había tenido más remedio que desalojar del carrito para acomodar todo lo demás.

 

Cierre de paraguas y tira, escaleras arriba, de ese carro que por más que se lene todos los sábados nunca es suficiente. Creo que tiene gula o el estómago dilatado y por eso siempre pida más.

 

Ni sé cómo, pero la energía brotó de mi brazo libre y, salvados los diez escalones, introduje la llave en la cerradura del portal. Después de un rifirrafe con la vecina del quinto que insistía en que introdujese el carrito en el ascensor antes de entrar ella y después de haberla convencido para que el orden de introducción en el habitáculo ascensoril fuese el correcto para mi maltrecho brazo, se produjo ese diálogo absurdo que tiene como escenario las cabinas de los ascensores vecinales, es decir hablamos del tiempo climático:

 

-Llueve.

-Sí.

-Hace frío.

-Sí

-Hasta luego.

-Hasta luego.

 

Abro la puerta. Vienen a rescatar de mi brazo la bolsa con las mandarinas. Me preguntan por las peras y me pregunto yo si no se habrán hecho puré en el fondo del carrito. Llego a la cocina, aparco, y vuelta a vaciar el dichoso  y prosaico contenido. Las peras bien. Hago sitio en el congelador para el rape y las zamburiñas. Ordeno los estantes del frigorífico para hacer sitio a los nuevos invitados. Los estantes de  la alacena acogen a las salsas de tomate, el atún, los spaghetti, las lentejas y el café. ¿Les darían la bienvenida cuando cerré la puerta?

 

Decido que hoy bien podemos pasar sin  mi mano de cocinillas y le pido a mi madre que haga una tortilla, así podré ir a comprar ese deshumidificador que reemplace al que ya no deshumidifica ni hace otra cosa que ocupar espacio.

 

Bajo a la calle, cruzo la carretera. Pienso que lo de que tendremos que buscar un piso en alquiler cuando lleguen aquí las obras de “en busca del tesoro”, no es sólo palabrería. No está mi madre para quedar recluida mientras lo encuentran o no. Ya veremos, pero en cuanto vea acercarse a los dragones come tierra, habrá que empezar de nuevo a buscar habitáculo. Tal vez sea una ocasión excelente para pintar las paredes y cambiar de aires una temporada.

 

Subo al taxi y me dedico a mirar y no pensar... imposible, algo va mal por dentro. Vuelta a ahuyentar la puñalada.

 

Llegamos a la puerta del establecimiento de electrodomésticos. Pago la carrerita, es tan corta que si no lloviese mejor me hubiese sido ir caminando, pero... dichoso clima de aguas dispuestas, tan bueno para el verde paisaje y tan perjudicial para los que se acojonan y  no quieren ser objeto del beso de la lluvia ni de su cálido abrazo. Así no hay forma de sacudirse la falta de ganas, ya cuesta en seco y el lubricante húmedo, al revés de lo que ocurre en otros casos, no ayuda, entorpece todo y ahonda el “que más da”.

 

No hay clientes y me atienden enseguida. Escojo el deshumidificador y aunque pensaba decir, y digo, que me lo lleven a casa y recojan el viejo, al final me lo llevo puesto y quedo con la dependienta en que el viejo lo llevaré otro día. Llama a un taxi para mí y me ayuda a llevar la caja hasta la puerta de la tienda. Me quedo dentro, esperando, al abrigo de la lluvia. Veo llegar el taxi, y en vez de parar sigue hasta la tienda de deportes que hay en la nave siguiente. Echo la cabeza para llamar su atención, pero no me ve. Sale la dependienta, acabado su turno, y de camino a su coche avisa al taxista que da marcha atrás. El señor baja y me ayuda a introducir en el maletero la caja de cartón que abulta más de lo que pesa. Doy la dirección y arrancamos. Entonces suena mi móvil. Llamada perdida en espera de que llame yo. Pese a que será poco lo hablado por ir con el testigo mudo del conductor, llamo. ¿Un minuto? ¿dos?, ni lo sé, pero esa llamada perdida cura las punzadas y provoca esta sensación de blandura en mí que hace que la lluvia de aquí y el frío de allí estén a escasos milímetros de dos bocas que se hablan.

 

Rutinas de sábado y la cocina por recoger... Hagámoslo pues mientras suena el deshumidificador y oigo algún bostezo perdido.

 

Ya han pasado más horas. El resto de la tarde se hizo corta. Recogida la cocina, empecé a  pasar lo escrito en el cuaderno. Otra llamada me hizo compañía. Dimos un paseo hasta una playa. No, miento, dieron un paseo hasta la playa. Hablamos de todo y de nada como de costumbre, pero hablamos y nos escuchamos las dos y la tarde pasó sin darnos cuenta.

 

 Ahora oigo llover con ganas en el patio. Se oye tronar. Tengo un poco de frío. Tengo que avisar al técnico para que venga a revisar la caldera del gas. Hay que ir encendiendo la calefacción. El lunes lo llamaré camino de Santiago. 

 

He llamado al número de las llamadas perdidas y no me contestaron. Llamé a mi hija por si era ella y se cortó. Sonó de nuevo el móvil desde ese número. Era ella. El número no lo conocía porque llamaba desde el teléfono de su novio. Me contó que habían ido al museo del traje y había visto el traje negro que  Audrey Hepburn llevaba en “Desayuno con diamantes”, quería decírmelo. Se oía bullicio. Estaban en Callao, viendo la iluminación. Luego irían a cenar por el mercado de San Miguel. Me comentó también que heredará el portátil de su niño, él se ha comprado uno nuevo y le pasa el otro a ella. Bien. Pensaba comprarle uno. Hoy no lo hice por  ser tarde y tener que volver otro día a llevar el  deshumidificador viejo.

 

Ahora, me tomaré cualquier cosa, y buscaré en la habitación de mi hijo alguna película, tal vez ésa argentina o cualquier otra...

 

 

Cojo el libro que aún no he leído y he traído conmigo esta tarde, está sobre la mesa: “Seda” de Alessandro Baricco, lo abro al azar y copio:

 

19

 

 

 

 

-No debes tener miedo de nada. 

Ya que  Baldabiou así lo había decidido, Hervé Joncour volvió a partir hacia Japón el primer día de octubre. Cruzó la frontera cerca de Metz, atravesó Würtemberg y Baviera, entró en Austria, llegó en tren a Viena y Budapest, para proseguir después hasta Kiev. Recorrió a caballo dos mil kilómetros de estepa rusa, superó los Urales, entró en Siberia, viajó durante cuarenta días hasta llegar al lago Baikal, al que la gente del lugar llamaba el demonio. Descendió por el curso del río Armur, bordeando la frontera china hasta el océano, y cuando llegó al océano se detuvo en el puerto de Sabirk durante once días, hasta que un barco de contrabandistas holandeses lo llevó a cabo Teraya, en la costa oeste del Japón. A pie, viajando por caminos, atravesó las `provincias de Ishikawa, Toyama, Niigata, entró en a de Fukushima y llegó a la ciudad de Shirakawa, la rodeó por el lado este, esperó durante dos días a un hombre vestido de negro que le vendó los ojos y lo llevó hasta la aldea de Hara Kei. Cuando pudo volver a abrir los ojos se encontró frente a dos sirvientes que cogieron sus maletas y lo condujeron hasta los límites de un bosque donde le mostraron un sendero y lo dejaron solo. Hervé Joncour se puso a caminar entre las sombras que los árboles, a su alrededor y por encima de él, dejaban caer a la luz del día. Se detuvo solamente cuando, de improviso, la vegetación se abrió por un instante, como una ventana al borde de un sendero. Se veía un lago una treintena de metros más abajo. Y en la orilla del lago, tendidos en el suelo, de espaldas, se hallaban Hara Kei y una mujer con un vestido de color naranja, el pelo suelto sobre los hombros. En el instante en que Hervé Joncour la vio, ella se dio la vuelta lentamente y por un momento, justo el tiempo de entrecruzar sus miradas.

         Sus ojos no tenían sesgo oriental, y su cara era la cara de una muchacha joven.

         Hervé Joncour reemprendió el camino en la espesura del bosque, y cuando salió del mismo se encontró al borde del lago. A pocos pasos delante de él, Hara Kei, solo, de espaldas, permanecía sentado inmóvil, vestido de negro. A su lado había un vestido de color naranja, abandonado en el suelo, y dos sandalias de paja. Hervé Joncour se acercó. Minúsculas olas circulares depositaban el agua del lago en la orilla, como enviadas allí desde lejos.

         -Mi amigo francés –murmuró Hara Kei, sin darse la vuelta.

         Pasaron las horas, sentados uno junto a otro, hablando y callando. Después Hara Kei se levantó y Hervé Joncour lo imitó. Con un gesto imperceptible, antes de enfilar el sendero, dejó caer uno de sus guantes junto al vestido de color naranja, abandonado en la orilla. Llegaron al pueblo cuando ya anochecía.

 

Paro de leer y escribir...

Me sigo sintiendo blandita...