En un vaso vacío se escanciaba

un amargo café, sabor poeta,

sobre el blanco del fondo porcelana

el azúcar lo pone  con sus letras.

 

Sus bastones de pan de madrugada,

sus misterios de luz, que le platean,

en el fondo del ojo reflejadas

las esquirlas de luz que el mar le deja.

 

Paseando reposa su mirada

va subiendo peldaños de escaleras

caracolas, peldaños que se enredan,

espirales, caminos, madrugadas.

 

En el humo parece que se aclara

la figura del verso del poeta,

las salinas sin sal de aguas saladas,

los sonidos del mimbre que gotea.

 

Un perfume, temor de oler, le habla

del perfume que huele sin presencia,

que descubre la huella que se deja

donde huele el perfume que delata.

 

Aguaceros de aguas marineras,

esplendor de las aguas en sus aguas,

en  estanques aljibes de aguas claras

se acurruca a dormir la luna llena.

 

Es un baile de luz de luna y agua,

que se mecen sin ser nunca acunados,

en el circulo blanco van trazando

esa estela de fuga de su danza.

 

Cuadraturas del ser que no se cuadra

laberintos sin hilos que nos llevan

a la intriga del fondo del poema

bajo olivos al sol del no olvidado.

 

El fulgor que de pronto se le escapa,

atraviesa el vacío, llama al viento;

resplandece, su piel perfuma el aire

de ese olor a jazmín de cuerpo verso.

 

C. R. C. (10-09-09)