El cielo se iba cubriendo del color dorado del ocaso.
Lo miraba.
Sobre sus piernas descansaba el libro tantas veces interrumpido.
Lo miraba.
En él había subrayado en tinta azul una frase:

"Por eso, cuando uno está sufriendo, imagina que del otro lado de la negra puerta la felicidad existe; cuando uno ya no sufre, sabe, y eso es peor, que detrás de la puerta nadie aguarda"


Ella también seguía pensando, mientras a través del cristal veía dibujarse sobre el cielo anaranjado el contorno de los pinos, de los molinos, de las montañas, mientras el disco solar se agrandaba como un enorme globo que hubiese escapado de las manos de una niña, mientras se acostaba sobre los pinos, sobre los montes, sobre sus ojos... pensaba. Pensaba que no hacían faltan fotografías, que no le eran necesarias para recordar, y que a nadie le interesaba ver lo que ella veía... no fotos, no contar, no escribir, no hablar, no decir, no comunicar... y sin embargo... de pronto se encontró buscando su cámara en la bolsa de plástico que reposaba a su izquierda en el asiento del autobús, sacándola de su funda, apagando el flash, apoyando el objetivo en el cristal de la ventanilla, disparando cuatro fotos...desenfocadas. Y, ahora, se encontraba aquí, diciendo lo que no iba a decir, contando lo que no iba a contar, escribiendo para intentar transmitir una emoción, un sentimiento, una belleza que duró el tiempo en que el sol volvió a dejar de ser el globo huidizo que la niña ve escapar todos los días, todos y cada uno de sus días desde hace... ¿desde siempre?
Misión cumplida, se había dicho esta mañana... misión cumplida. Ahora es... el regreso.