Ida y vuelta, repetía, y no movía los labios.
No eran esos los billetes que aún no había comprado,
ni era el destino de ida, ni el regreso anticipado,
era aquello que sentía que le iba despertando.
Ida y vuelta, sin más idas, sin más vueltas al pensarlo,
sin primaveras de flores, sin más dorados ocasos,
sin las cinturas latiendo cuando sienten ese abrazo,
sin tan siquiera un suspiro a no ser el del cansancio.
Se va amaneciendo el día, entre nieblas, tan grisáceo,
ni tan siquiera palomas se arrullan en los tejados.
Al levantar la mirada, va una flecha dibujando,
una bandada que cruza, que emigra, que vuela alto.
Silencio de gaviotas, silencio incluso de tráfico.
Silencios de nieblas grises en mañanas de verano.
En la ausencia de sonidos suena de golpe el semáforo,
rompiendo con sus pitidos el silencio al escucharlo.
Esta mañana se irá, despacito caminando,
rasgando el gris de la niebla, el azul va despertando.
Irán volviendo sonidos, se irán oyendo los pájaros,
el calor del mediodía, traerá de nuevo su canto.
Buscarán el agua fresca, en la sombra de aquel charco,
agitándose las alas, como agitamos los brazos,
abanicando en el aire el sofoco del verano.
Irán pasando las horas, el atardecer llegando.
Ida y vuelta, repetía, y no movía los labios.
Ida de sueños y vida, va en el cielo dibujando.
Vuelta de vida y de sueños, en el suelo va pisando.
Viajes de ida y vuelta, sin fijar itinerarios.
El silencio de la ausencia, el silencio de los pájaros.
El rumor de aquel sonido, el rumor de aquellos pasos.
El color rojo del cielo, el verdor de aquel verano.
El motivo del viaje, ida y vuelta, ir viajando.
C. R. C. (19-08-09)