Ayer, hoy ya, a eso de la una de la madrugada, envié un mensaje a mi  tocaya y recibí otro de ella con un guiño. Felicidades de nuevo preciosa. Hoy no pensaba escribir. Escribo menos y no es porque esté amuermada, floja, ansiosa, desencantada, eufórica..., no, no es por nada de eso. Escribir nace de dentro. Un amigo me dijo un día que él no escribía versos porque tenía que tener a quien hacerlo. En aquel momento le contesté que no hacía falta tener a quien escribir, y en aquel momento era cierto lo que le decía. Sentirlo sí, es necesario sentir, amor, dolor, tristeza, alegría... sentir o tener miedo a no sentir, vivir o tener miedo a vivir o a no vivir con ganas.

A esta solitaria empedernida siempre le gustó leer a los demás, escuchar a los demás y guardar silencio. De repente se puso a hablar porque había callado demasiado o porque no podía hablar en voz alta  y necesitaba decir, necesitaba derramarse en las palabras como el llanto se derramaba de sus ojos, unas veces mansamente triste, rabiosamente desesperado en otras y sorprendentemente dulce también. Se sorprendió, le empezó a tomar gustillo a eso de escribir y derramarse y le hizo bien. Sin embargo lo que más le seguía y sigue gustando es observar y escuchar, en silencio.

Hoy ha sido un día muy normal. Llegué a la oficina y las consabidas felicitaciones. No pude bajar a tomar un café ni fumar un cigarrillo,  pero estuve a gusto muy a gusto. A media mañana un mensaje de mi hija, hoy no estaba conmigo, tenía algo mucho más importante para ella y para él, como debe ser, como le digo, como la amenazo, vive, ni se te ocurra dejar de hacer nada, vive tu vida, eso es lo que quiero para ti, que vivas, que no dejes nada para más adelante, ni dejes de hacer nada por ninguno de nosotros. Ella sabe porque se lo digo. Salí tarde de la oficina, me esperaban mi hijo y mi madre, íbamos a comer los tres en un restaurante. Ellos bajaron en un taxi, mi madre no puede caminar demasiado. Me llamaron cuando iban a salir de casa y bajé andando hasta donde habíamos quedado. Llovía, sí, llovía. Iba fumando el cigarrillo que no fumé con el café de media mañana, me mojé un poco los pies y la camisa. Me puso algo malhumorada la lluvia, no llevaba paraguas y me iban cayendo los goterones de las cornisas, por ir pegada a las casas al no querer mojarme. A media comida sonó el móvil de mi hijo, era su padre, quería hablar conmigo para felicitarme. Hablamos, me felicitó, me comentó que ya sabía donde estaba la niña y que también les había llovido, me deseó que pasase un buen día y le dije que lo de la comida para celebrar lo de  nuestra hija lo hablaríamos cuando volviese él de su viaje. Quedamos en eso y le deseé que lo pasase bien. Después de comer nos acercamos hasta una plaza y nos sentamos en una terraza, ya no llovía. Volvimos a casa, abrí el portátil, eché un vistazo al correo, gracias María un beso para ti también, y después abrí la página de los blogs, escriba o no escriba siempre lo hago por lo de que me gusta leer a los demás aunque esté en silencio. Gracias a ti Trianas, Macarey os da las gracias a los que estáis ahí. Me gusta sentiros vivir, acompañáis de verdad. Luego cogí mi cuaderno, iba a copiar algo escrito antes del bolero y que se quedó ahí, después lo copiaré para vosotros, ¡qué menos hoy que dejar a Macarey derramarse un poco!, pero... sonó de nuevo mi móvil y... sonreí y sonrío, mi tocaya sabe por qué y por quien.

 

Ribeiro o Albariño para todos... brindo en las terrazas bajo los toldos  que vienen ni que pintados... bla bla, ahí todos juntos algún día, todo puede ser...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Creo que el Amor existe como existe la belleza,

hecha de miradas tristes cuando sentimos su ausencia.

 

Creo en que el Dolor estalla, lacerante herida abierta,

en quien cometió el pecado de conservar la inocencia.

 

Creo en que el todo es la nada, creciente marea llena,

desasiéndose del tiempo, burlando espacio y materia.

 

Creo en la fruta prohibida que nos incita a morderla,

y nos hace ensoñadores y nos da la vida en ella.

 

Creo en que esperar no cansa, si avanzamos en la espera,

sin retorcernos las manos cansados de tanta espera.

 

Creo en que nada nos puede, nadie posee las cadenas,

que aprisionen con grilletes la libertad del que piensa.

 

Creo en esas tres palabras, Fe aunque nadie lo crea,

Esperanza de alcanzarlo, Amor rompiendo barreras.

 

Creo, a pesar de mí misma, creo el credo del poeta,

creo cerrando los ojos, abriéndome de adentro afuera. 

C. R. C. (2009)