lunes, 08 de junio de 2009 21:30
por
macarey
¿Dónde vas sin tijeras ni lencería?
Hay un par de actos repetidos a lo largo del tiempo que son una señal de que algo no marcha bien o de que algo se le está poniendo en marcha dentro. Son actos sencillos, inocentes, pero que observados por la que observa la llevan indudablemente a la sospecha de que alguno de esos dos estados anteriores se están avecinando en la observada.
El primero, coger unas tijeras y cortarse el pelo. Nada de peluquerías, no. Tiene que autotrasquilarse ya, porque ese algo la impele a hacerlo. No puede esperar a la cita con la peluquera, no, tiene que ser en el preciso momento en que lo decide y lo decide por vete a saber qué.
El segundo, comprar lencería, sobre todo sujetadores. No falla, otro indicio de que algo marcha mal o de que algo se pone en marcha, sin diagnóstico de su cualidad hasta pasadas unas semanas o unos meses.
Hace tiempo que no hay tijeras ni ropa interior nueva, salvo la estrictamente necesaria para mantenerla medianamente aceptable ante sus ojos. Dejó el oficio de tintes a los profesionales y no se mete en camisa de once varas en cuestión del largo óptimo de su cabello. Hay que decir que el resultado que obtenía era dudoso la más de las veces y que un par de centímetros se convertían en un pelo a lo garçon en cuestión de tijeretazos de ida y vuelta. Empezaba despacio pero luego se entusiasmaba ante los ojos horrorizados de las que veíamos caer en el lavamanos mechones cada vez de una longitud más creciente. Luego se lamentaba al no poder recogerlo, sobre todo en verano, pero en cuanto tomaba la tijera no atendía a razones ni a palabras recordatorias de la promesa de no volver a hacerlo que había pronunciado en su último arrebato de asesora de imagen personal.
Lo de la lencería tenía su aquel. Era simpático verla llegar con las bolsitas que contenían los conjuntos comprados en su última incursión a las fuentes del placer femenino. Un placer que da el probarse a solas esos encajes que acarician la piel y la estremecen. No voy a decir que no la comprendo, si soy sincera en alguna ocasión la recordé mientras mis manos sostenían unas tijeras o probaba alguna de esas prendas frente al espejo de un estrecho probador de señoras.
No sé, no sé. Verla tan sin lanzarse a comerse el mundo con su look nuevo, exterior e interior, me tiene un tanto preocupada. Algo menos que observar y algo más que se va perdiendo en el encanto del arte de adivinar.