martes, 02 de junio de 2009 14:56
por
macarey
Hacia el parque
Ha llegado el calor. Bienvenido seas y que dures, no se te vaya a ocurrir escaquearte que ya te has hecho bastante de rogar. Dicen que seguirás hasta el jueves, pero también dijeron que ayer ya te habrías ido. Treinta y un grados por estos lares, humidificados por el mar, son treinta y un grados contundentes, no tienen nada que ver con otros lugares, entre otros motivos, sin humedades los motivos, porque no estamos acostumbrados a tanta calidez, y lo cálido nos sorprende y enamora. Enamoradizos que somos de lo que no suele acariciarnos la piel. Tanto nos enamoramos que te perdonamos el ahogo del aire que nos quema al respirar y el mareo de abandono que nos provocas. Eres como un amante inconstante, altanero y díscolo, truhán veleidoso que se deja querer y se hace desear.
Ayer me fui de tu brazo, por las calles de la tarde. Me senté en tu regazo a la sombra de los magnolios, pero te entremetías entre sus ramas buscando mi escote y recorriendo mi espalda. Nos tomamos un zumo de zanahoria, a medias, un sólo vaso, sorbo fresco que descendió por mi garganta sedienta, sorbo cálido cuanto tú ya habías posado tus labios en él. Me acompañaste por mis aceras, me sentí desfallecer en tus brazos, a gusto muy a gusto, no lo voy a negar, me incitabas al abandono y me dejé seducir una vez más sin resguardarme. Pasamos de largo, los dos abrazados y sudorosos, tú por ser calor, yo por sentirte. Pasamos de largo de las terrazas, bajo las palmeras. Intenté detenerme en ellas pero atacaste con más furia mi cuello indefenso y te seguí camino de los árboles del parque y el cortejo del pavo real a sus hembras. Nos detuvimos un instante, te dejé fuera, esperándome, mientras mis labios buscaban la frescura del agua helada. Cuando volví a tu lado devoraste mi boca, ávido del agua fresca de mis labios húmedos, y así nos fuimos, caminando lánguidamente hacia el parque, mientras sonaban en mis oídos las susurrantes palabras calientes, íbamos alejándonos en busca del atardecer.
