sábado, 30 de mayo de 2009 22:18
por
macarey
Avestruz
Resumiendo. Mejor no, no se puede resumir un rompecabezas y mucho menos dos. Podemos decir que la tarde estaba somnolienta, que las intenciones eran otras pero pudo la pereza de la hora tonta. La ventana entreabierta, la modorra, el sueño. Hasta ahí, todo normal, lo malo fue cuando sonó el teléfono. Se despertó sin saber si era sábado o domingo. Cogió el teléfono, no se veía el número de quien llamaba. Pensó en alguna de esas llamadas para cambiar de compañía telefónica, pero como nunca se sabe si son o no son llamadas puramente comerciales, contestó a la llamada aún con el sueño pegado en las pestañas. Cuando oyó su voz supo el motivo que le había hecho llamar, la preocupación y el cariño. No se preocupa quien no siente afecto. Por principio de comodidad y confort propio es más útil hacerse el longuis, no meterse donde nadie nos llama y que cada uno aguante su vela o la arríe si el temporal amenaza con desmantelar el velamen. Bastante tenemos con nuestros ombligos como para intentar gratuitamente, y sin visos de obtener provecho alguno, ir por ahí de redentores, hermanitas de la caridad, o diablos licenciados en el saber y en las artes del fraile. Toda esta ráfaga de pensamientos inútiles fueron posteriores a la conversación. El inicio fue un hola con sorpresa al escuchar la voz y las consabidas preguntas sobre la salud de un padre achacoso y, por las noticias que llegan, algo testarudo y peleón. Después y como casi temía llegó la pregunta que había motivado la llamada. Cuando la guardia está baja, no se puede ser maestro de esgrima y se cae con todo el equipo, por muy bien colocado que esté el peto protector en otros momentos menos somnolientos. Pasó y lo notaron al otro lado de la mar océana, y llegó el abrazo que comprende y acompaña y llegaron las palabras de léete un libro, intenta distraerte con cualquier cosa, y el tú sabes como son esos momentos no dejes que lleguen a lo que fueron en otras ocasiones... Cuando no hay nada que argumentar en contra, se contesta intentando tranquilizar y sintiendo dentro que ya no hay nada más que se pueda hacer que esperar que pase o no. Luego llegó otra pregunta que si que fue lidiada con arte torero, capotazo al aire y echarle la culpa al vicio de no tener na y quejarse por el gusto de quejar. No hay ningún problema, ninguno.
La llamada la terminó la parte receptora, necesitaba terminarla porque tuvo dos efectos, la calidez de sentir el afecto que la hizo sonar y la necesidad de volver a la somnolencia para no pensar líquidamente ni en el vicio del no tengo ná pero me quejo, ni en el problema que no hay. Pestañas abajo. Estrategia de avestruz.