La primera vez que lo vi fue en agosto.  No sé si fue primero o después de ver otras imágenes que me hicieron sentir especialmente sensible. La que me las enseñaba era mi hija, ella lo había visto y allí estaba entre otras tantas fotografías que había hecho. Mi imaginación como de costumbre vio, o se inventó, lo que le decían sin palabras. Mucho pedirle a esa que se pasea por dentro que lo que veía no  fuera como imaginaba, no era tema de su repertorio. Por un lado porque quien  lo captó fue porque para ella significaba lo que estaba viviendo. Por otro lado porque quien lo vio deseaba que no se acabase esa mirada con la que se lo enseñaron y porque desea que quien lo dibujó tuviese la misma mirada.

 

Sin buscarlo y habiéndolo olvidado, me lo tropecé. Iba acompañada por mi hija y al verlo se lo mostré. Allí seguía y seguirá mientras no se lo lleven por delante con ruido de cascotes desechados. Vuelvo a imaginar. Al hacerlo sigo deseando lo mismo, que no se rompa el hechizo que lo hizo surgir. Hechizo de amor para que logre perdurar  más allá del cemento. Una calle cualquiera, ni me acuerdo de ella. No importa. Importa lo que sintió el corazón que guiaba la mano cuando grabó su yo encadenado a un nombre y a su corazón.  

 

 

 

 

 

<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=Vcitj8jZlE0">http://www.youtube.com/watch?v=Vcitj8jZlE0</a></p>