¿Se me nota? Yo creo que sí, y mucho. Pues sí, soy feliz.

¿El motivo?  Como me dijo mi tocaya, mi cabecita loca, y mi corazón más loco todavía, eso lo digo yo, que estoy como una regadera, y lo sé y lo admito. ¡Que le voy a hacer! ¡Me gusta estar como una cabra! hacer tonterías de chiquilla y sentirme tan viva como cuando tenía quince años o más, que de aquella era demasiado seria,  tímida, responsable, acomplejada  y hasta me veía nariguda. Vamos que cada vez que me acuerdo de aquella noche, en el descansillo de mi casa, charlando con la vecina de enfrente, me tengo que reír de mi misma. Estaban hablando mi madre y ella de la nueva novia de su hijo, mi vecinito de enfrente, él era unos seis años mayor que yo, creo, y estaba muy bien, hasta me ponía nerviosa cuando lo veía, pero nunca se fijó en aquella niña gordita de la puerta de enfrente, ni falta que hizo, ahora está medio calvo y la verdad, su mujer, que era la nueva novia de la que hablaban, está de mucho mejor ver que él, cosas que pasan. Aquel día estaban hablando, yo como de costumbre escuchaba sin decir ni media palabra, la timidez y que siempre me gustó observar y escuchar, o con eso me disculpo ahora, era timidez y nada más, no saber que decir y ya está. Estaban hablando de las dos chicas con las que había salido durante más tiempo el vecinito, y no recuerdo de cual de ellas, si de la de antes o de la que ahora es su mujer, la mamá  decía que tenía la nariz grande, entonces, la que siempre estaba calladita va y dice: 

 

-         ¡No, ella no tiene la nariz grande! ¡Yo sí la tengo!

 

Y por si no fuera poco tal afirmación, rotunda y segura, se pone de perfil para que la sombra de su nariz se proyectase en la columna del descansillo

 

-         ¿Lo veis? ¡mi nariz sí que es grande!

 

Recuerdo la risa que les entró a mi madre, a mi vecina y a su marido y menos mal que no estaba el vecinito porque el rojo de mi cara fue uno de los más intensos que mis mejillas lucieron nunca.

 

-         ¿Tú la nariz grande? ¿pero si por poco te quedas sin nariz?

 

No les creí, pensaba que lo decían por amabilidad y nada más, y seguí convencida de que mi nariz era gorda y fea, pero no dije nada más y cerré la boca, ya bastante ridículo había hecho

 

 Mi nariz no era ni gorda ni fea, es aún bonita y bien hecha, de eso me di cuenta  unos cuantos años después, pero ¿quién no se sintió horrorosa con quince años?

Pues en esas estamos, en recuperar los años perdidos de adolescencia acomplejada, o eso dice mi hija cuando me suelta a la cara:

 

-         ¡Pareces una quinceañera!

 

Eso me lo dijo el lunes pasado, y no me pareció mal, porque mi comportamiento era tal cual  ella lo definió en esas tres palabras. Estaba nerviosa, mi cara sonreía desde los ojos a la boca, con el riesgo que conlleva de mostrar todo el repertorio de arrugas y patas de gallo, pero no lo podía evitar y cuando subíamos las dos por cierta calle mis piernas temblaban y me sentía flotar. Luego cuando le pregunté:

 

-         ¿Es ese? ¡No! que viene fumando y no fuma.

 

Me contesté yo misma y ella me dijo:

 

-         ¡Sí!, sí que es.

 

¡Claro que era! No sé lo que pasaría por la cabeza de mi hija, mientras veía a aquel señor que se acercaba sonriente a nosotras, fumando, cuando no fumaba, los nervios no sólo los tenía yo (son contagiosos entre adolescentes debió pensar mi hija).

Allí estábamos los tres, parados en una acera. Él se acercó me dio un beso en la mejilla, otro a mi hija y yo tuve que presentarlos (menos mal que de eso me acordé, me olvidé de otras cosas, pero al menos de presentarlos no). Luego él nos dijo que fuéramos los tres a tomar algo, pero mi hija dijo nones, que fuéramos nosotros que ella se quedaba a dar una vuelta por allí.

Y allí nos fuimos los dos, calle arriba, ni me acuerdo de lo que hablamos (creo que de mi hija y algo más), hasta llegar a la cafetería, donde yo me senté en un taburete de la barra y él se quedó de pie a mi lado (yo de pie ni loca, no sería capaz de estarme quieta, mejor sentadita). Pedimos unos cafés  y fumamos los dos. Sacó la cajetilla de tabaco y me la enseñó sonriendo, había comprado la marca que sabía que fumo yo. Hablamos, sonreímos, nos miramos, nos dijimos, besó mi mejilla de nuevo mientras me susurraba algo y yo iba aguantando el tipo, hasta que me dijo:

 

-         Te quiero

 

Lo sabía, sabía que tenían que salir, y allí estaban deslizándose por mi cara. Creo que le dije algo así como:

 

-         No me hagas llorar

 

Mientras rebuscaba un pañuelo en mi bolso y me fui dominando. Ni sé lo que pensaría el camarero que estaba trajinando a escasos centímetros de nosotros al otro lado de la barra. Él se quedó silencioso, le desconcertaron mis lagrimas, lo sé porque al día siguiente me preguntó por qué había llorado. Se lo dije, le dije que me emocioné al escucharlo de sus labios y verlo en sus ojos, no era lo mismo. Era la primera vez que me lo decía y estaba a mi lado. Se sintió mal al verme llorar, eso también me  lo dijo después, lo pasó mal, pero sé que cuando le dije el motivo se sintió contento, pese a que me dijo que de saberlo no me lo hubiera dicho. La siguiente vez me dijo: “te quiero, pero no llores”, y no lloro, aunque al escuchar ayer un bolero, pues... la adolescente tiene que procurar que no le vean los ojos.

El resto del par de horas que estuvimos juntos, volaron,  como en otro bolero.  El reloj marcó demasiado rápido las horas, pero siempre nos quedará el recuerdo de aquella calle y de lo que sentimos al morder nuestras bocas. “Fueron pocos pero intensos” 

 

Adolescentes, abrazados, calle abajo, parados en medio de una acera, cuatro pasos y vuelta a pararse.

 

Cabecita loca, por mucho que me digas que no soy tonta ni lo parezco, cari, ¡estoy loquita por ti!

 

Tú eres el motivo por el que soy feliz.

 

(Y mira que, como tú dices, “si rebobinamos...”. Rebobinando o no, sin ti... sin ti ni habría existido  este blog. Tú me has hecho aprenderme para aprenderte a ti.)