jueves, 30 de abril de 2009 13:03
por
macarey
Graznido
Entre horas deshilvana los hilvanes,
del tejido de la tela que le teje,
la deshace, desmembrándose a si mismo.
Ni Penélope fue capaz de unir los hilos,
encontrados por azar, en la noche fugitivos,
que Ariadna había dejado al huir del laberinto.
En el fondo del paisaje no había rocas,
lo habitaban, de silencio, los espinos,
y una terca gaviota picoteando desperdicios.
El envés enrevesado de la hoja del espino,
es el pájaro atragantado, confundido.
Porfiando, persevera en el canto de su trino.
Agoniza, desangrado, espinado en el espino.
Estertor en su garganta, en un último latido,
en su afán, lanza a los vientos el lamento de un graznido.
Muere el pájaro. Hay espino.
Muere el trino, no el graznido.
Reverbera, se propaga, es taladro en sus oídos.
El graznido le lacera, siente horror de su sonido.
Lo silencia en su harakiri, se penetra del espino.
Kamikaze se libera en su último gemido.
C. R. C. (30-04-09)