jueves, 09 de abril de 2009 15:25
por
macarey
Recuerdos.
Recuerdos. Que caprichosos son. Una cocina con alacenas de madera pintadas de un tono gris verdoso. Una cartera de cuadros azules y verdosos, un libro de Amiguitos, una pizarra y un pizarrín. Un flotador y una playa donde el mar ayudaba a flotar. Unas viejas murallas, cuesta arriba, de vuelta de aquella playa. Un río y una piedra redondeada a donde las manos se asían mientras los pies iban moviéndose y, primero una mano y luego la otra, los dedos se iban soltando y aprendimos a nadar. Una culebra, serpenteando, a un lado del camino que nos dio nuevas fuerzas para salir corriendo cuando íbamos rezagadas por el cansancio, ¡como corrimos!, como llegamos al lado de la mano que nos podía poner a salvo. Una partida de cartas en una mesa larga cubierta con un hule de cuadros. Un perro negro que nos seguía a todas partes y nos esperaba en la acera de enfrente vigilando el balcón por donde nos asomábamos. Unas orugas en las coles, verdosas, unas mariposas blancas. El trigo recién segado, las espigas verdes otras veces, las cañas que quedaban en el suelo y lastimaban nuestros pies desnudos. El sabor de las moras recién cogidas. Los pasteles de mora y azúcar que hacíamos y comíamos en la cabaña hecha por las ramas del sauce. Unos cuantos tablones de madera reconvertidos en cabaña. Un largo tablón apoyado sobre unas losas de pizarra que hacía de balancín. Aquel adolescente madrileño que, como el perrito, me seguía a todas partes, ¿Javier? El olor, a estiércol y a pocilga, al atravesar la casa que llevaba al camino del río. El nogal al que nos subimos una vez. El explotar de aquella gaseosa al chocar las botellas que teníamos en las manos y con las que jugábamos balanceándolas. La cicatriz en forma de triángulo que quedó en la parte interior de mi rodilla derecha donde el cristal se incrustó. El olor a la sidra que bebíamos en aquel bar donde comprábamos las gaseosas. El sabor a hierro del agua de la fuente que había subiendo por detrás de la iglesia vieja. El olor a huevos podridos del agua de las otras fuentes. Don Pedro y doña Paca con su acento castellano de Valladolid. Don Pedro y sus bastones hechos de ramas de árbol y los dibujos que a punta de navaja labraba en su corteza. Don Pedro cantando don Hilarión, del brazo de una morena y una rubia, una gallega y una ponferradina El tren llegando a la estación todas las tardes a eso de las ocho. El ruido del tren al pasar sobre el puente de piedra. El río con las losas de piedra que a modo de pasarela íbamos saltando para pasar de una orilla a la otra. Las comidas a modo de romería al borde del río. Un vestido amarillo con el cuerpo bordado en nido de abeja. Mi pelo cortito. Las gallinas y los caballos en el patio de la casa de Benedicto. La sal gorda que tenían en un saco en el corral y que comíamos a puñados. Recuerdos, son tan caprichosos que se fueron todos al mismo sitio. ¿Habrán encontrado el puñal de Da? ¿O era otro nombre el de la leyenda del puñal escondido bajo el puente de piedra cerca del pazo? ¿Se iba a él por el camino do Curro Vello? ¿Seguirá el bar de Bienvenido? ¿Aún habrá pavos reales en aquella finca? ¿Qué habrá ahora en el Campo de Aviación?... Recuerdos... caprichosos recuerdos.
http://www.youtube.com/watch?v=kzlSiZ9xbNU