martes, 24 de marzo de 2009 14:39
por
macarey
Golosos
No me lo había planteado desde esa perspectiva. Como cambian nuestras percepciones dependiendo de que seamos los remitentes o los destinatarios de un poema, de una frase de amor o de una caricia sin manos, sin ojos, pero caricia. Nos gusta sentir que nos acarician, nos gusta sentir que sienten por nosotros, nos gusta estremecernos al sentirnos amados, nos gusta sentirnos amados. Cuando ocurre lo contrario, cuando no somos acariciados y somos nosotros los que acariciamos y estremecemos por sentirse otro amado por nosotros, es cuando no nos planteamos que gusta sentirse amado; vamos, como me dijo alguien, ¿a quién no se le cae la baba cuando se siente amado? ¿a quién no le gusta leer un poema de amor que ha inspirado?...
Como cambian las tornas dependiendo de que seamos los que babeamos o los que provocamos la caída de la baba. Cambian tanto que pese a saber que es cierto lo que nos dicen, nos da igual que sólo guste leer lo que se escribe y no nos amen. Seamos sinceros porque nadie es perfecto y nadie o muy pocos son capaces de quitarle la venda de los ojos al amante ciego y decirle: No me escribas, no me digas, no me ames. Abre los ojos. Yo no te amo, sólo me gusta sentirme amado. ¿El perro del hortelano? Sí, pero es que hay que saber comprender que a nadie le amarga un dulce, y... somos golosos de amor, es dulce, es sabroso, es energético, es vitalizante y... engorda sin que se note por fuera la perdida de la silueta. Golosina perfecta ¿quién puede renunciar a paladearla?