Visto lo visto, caminado lo caminado, cuesta arriba y cuesta abajo, no me extraña que al final del camino se sentasen a descansar y pensar. El lugar invita a tomarse un respiro, sosegarse, comulgar con lo que los ojos contemplan y el oído no oye, y, ausentándose de lo que cuesta abajo espera, meditar sobre lo divino y lo humano. Allá abajo recordarán lo meditado allá arriba y cuando sientan que la duda vuelve a enzarzarse allí adentro volverán a subir para, sentándose, volver a tomarse un respiro al final de la vereda que no está bordeada de cerezos en flor pero sí de cumbres borrascosas o no, depende del fenómeno metereológico del momento en que las cumbres sean contempladas, amén de otros momentos tan imprevisibles como ese, aunque no se reflejen en ningún mapa isobárico, pero pueden presagiar tormentas o esplendores sobre la hierba.

Tal vez la flor amarilla depositada bajo la escobilla del limpiaparabrisas que la atrapaba sobre la luna delantera de aquel coche, fuese tan sólo un alegato a la supervivencia de la belleza cuando se encuentra atrapada bajo el peso de los momentos que le hacen olvidar que la belleza perdura más allá de la flor.


¿Flores? ¿Primavera?