Esa noche soñó, soñó un sueño tan real que disfrutó y lo celebró como si hubiese ocurrido. Recuerda que en el sueño entre risas y abrazos se decía que no era posible, que si no fuera porque sabía que estaba despierta pensaría que estaba soñando. Cosas de los sueños, no era real, no le había tocado la lotería, se dio cuenta al despertar, mejor dicho cuando la despertaron, esa mañana tuvieron que despertarla, se había quedado dormida, no oyó ni el despertador ni la alarma del móvil, no oyó nada. Se levantó mareada, aún seguía algo floja, de noche había tosido mucho y tenía la boca pastosa, le apetecía beberse el zumo de naranja pero esa mañana tampoco hubo zumo, no había comprado naranjas, tuvo que conformarse con un café. Comentó lo que había soñado sin darle mucha importancia, no llevó un gran chasco al despertar y ver que sólo fuera un sueño, le hubieran venido bien esos 10.000.000 de pesetas, en el sueño eran pesetas, pero lo que más gracia le hacía mientras lo contaba era como se empeñaba, dormida y todo, en pensar que no era real y que estaba soñando. Sería el colmo ya si fuera verdad, vamos sería para pellizcarse sin parar hasta despertarse. Seguía un poco mareada, así que recordó que su billetera, donde no había ningún décimo de lotería, al menos con posibilidad de premio, estaba pidiendo a gritos que la aliviasen de los tickets del super y de otros que había ido acumulando pendientes de un momento para organizarlos, guardar los que necesitaba para alguna garantía y romper los demás. Se levantó y fue hasta su dormitorio, allí en la alfombra al lado de su cama estaba el bolso, lo llevaba con ella todas las noches y lo dejaba en el suelo a mano, como si fuese a necesitarlo para algo, como por ejemplo para buscar el cuaderno y escribir algo en él, no era la primera vez que después de haber apagado la luz volvía a encenderla para escribir, otras veces no lo hacía pero a sabiendas que después no recordaría las palabras que habían venido a su cabeza en esos momentos de media inconsciencia que preceden al sueño. Se agachó, cogió la billetera de dentro del bolso y volvió a la cocina, allí sobre la mesa fue depositando los papeles y haciendo tres montoncitos, uno para romper, otro para guardar y el tercero para devolverlo al departamento de la billetera. Ese tercer montoncito no tenía nada de particular en apariencia, una especie de tríptico en cartulina con el nombre y el escudo de un hotel, donde junto con la bienvenida impresa  y la información general, habían escrito a mano  con bolígrafo su nombre, el número de una habitación y dos fechas, la de llegada y salida del hotel. Lo desplegó y revisó las tarjetas y los tickets que guardaba dentro y volvió a depositarlo en su lugar, al fondo de su billetera. Se levantó de la silla, recogió  la billetera y el montón  de papelitos rotos, los arrojó a la basura y luego pasó un trapo húmedo sobre el charol rojo  de la billetera. Recordó cuando la había comprado, en abril del año pasado, sonrió y ya más despejada volvió a su dormitorio con la billetera y el montoncito de papeles que eran para guardar. Dejó la billetera y los papeles sobre una mesa, abrió el armario, cogió unos leggins marrones, una falda de pana corta en tono mostaza, una camiseta de manga corta marrón y un jersey grueso de mangas acampanadas y voluminoso cuello vuelto, también en tono marrón. Abrió el cajón izquierdo de su cómoda y rebuscó entre su ropa interior, se decidió por un sujetador con encaje, unas braguitas culotte y unos pantis, hacía demasiado frío para ir de medias con liga por mucho que le gustasen, o la falda o las medias y ese día tocaba falda y el catarro aún estaba a medio curar, mejor ser prudente y abrigarse. Con el lote de ropa en las manos se encerró en el cuarto de baño, se desvistió, aún iba en pijama, recogió su pelo y se dio una ducha que la despejase por completo. Ya seca, y con su ración diaria de leche corporal bien masajeada, se vistió, hidrató la piel de su cara, pasó un peine de púas anchas por su cabello, lo recogió alto sobre su cabeza con una pinza dejando caer los mechones libremente y salió del baño para ponerse unas botas de ante ribeteadas en piel. Volvió al baño con un neceser donde tenía los lápices de ojos, el rimel y la barra de labios y mirándose en el espejo perfiló sus ojos y sus labios, dio rimel a sus pestañas y pasó el rouge por sus labios, le gustaba ese tono rosa fuerte, era una muestra de regalo y se estaba terminando, tendría que buscar un tono parecido, se había acostumbrado a él. Recogió la billetera, el móvil y los introdujo en su bolso, buscó la bolsita donde llevaba el estuche de las gafas de sol, las necesitaba porque el aire frío hacía llorar sus ojos, se puso un chaquetón de piel vuelta forrado en borreguillo, se despidió y después de pulverizar un toque de perfume a ambos lados de su cuello, salió de casa como todas las mañanas camino del trabajo. El aire frío la recibió, pero hacía sol y el cielo estaba completamente azul, le encantaba caminar así. Llegó a la oficina, hizo una llamada a Madrid para consultar unas dudas sobre un cuestionario que habían recibido, terminó de cubrirlo y lo envió por fax al número que le habían indicado. Preguntó si había llegado el mensajero con el disco de la actualización que necesitaban y que no había forma de descargar desde INTERNET, no, no había llegado y el día veinte estaba ahí ya, después vendrían las prisas, pero si no llegaba el CD con los  modelos actualizados iba a ser imposible presentarlos, tendrían que cubrirlos a mano y ya veríamos como iban a salir. A media mañana sonó su móvil, un mensaje, pensó que sería otro de esos que le estaban mandando continuamente la última semana, dichosas elecciones, pero no, era un mensaje multimedia, vaya otra vez su compañía telefónica y su publicidad, de todas formas lo abrió y... le temblaban las manos mientras intentaba ver la imagen que iba en el mensaje, no podía ser, ¿sería una equivocación?. Sonó el timbre de la calle, miró el vídeo portero, pulsó la tecla para abrir y continuaba mirando sin creer todavía la imagen que había recibido... disimuló diciendo que era otro mensaje de esos para ir a un mitin, pero tenía ganas de reír y se sentía feliz. Guardó el móvil, pero estaba deseando que la mañana terminase y poder disfrutarlo  de nuevo despacio y a solas. Llegó la hora de irse a comer y en cuanto bajó del coche de su compañera, entró en la pescadería y mientras esperaba su turno volvió a mirar su móvil, seguía sin creerlo, seguía pensando si sería una equivocación, pero pensaba al mismo tiempo que ya iba a ser demasiada casualidad, recibir algo que llevaba esperando tanto tiempo y que no fuera para ella, en fin... mañana de noche saldría de dudas, no iba a llamar a aquel número para preguntar si era o no para ella, habría que esperar, total nadie le iba a quitar la felicidad que sentía en esos momentos, si no era lo que esperaba ya tendría tiempo de enterarse, mientras tanto por lo menos tendría día y medio de absoluta felicidad. ¿Se podía  pedir algo más que esa sensación que recorría su cuerpo como un escalofrío maravilloso? Al final la realidad del día fue mejor que el sueño, no tenía ni punto de comparación.