Las horas del día, a veces tan cortas,

tan faltas de tiempo, tan faltas de instantes,

que cortas se hacen,  por más que se intente

apurarlas todas, se escapan volando.

Da igual encerrarse, se van y no hay tiempo

si se lee no escribes, si escribes no sales,

si sales paseas, si paseas miras, observas,

te asombras,  disfrutas, mirando las nubes,

mirando el dorado de luz en el agua,

la chispa plateada que brilla en lo alto

de ese pararrayos que corona altivo

aquella veleta que marca los vientos

sobre la torreta que encierra el reloj

que marca las horas que antaño entonaban

una melodía de la negra sombra,

marcando los tiempos, rompiendo el silencio

con sus campanadas, en aquella plaza

de los dos jardines, de las cuatro fuentes,

de la vieja fuente que luego fue fuente

sobre la que había plantada una estatua.

Hoy no es lo que era, da pena mirarla,

monumento al oxido, debían llamarla.

No tiene remedio, ya no es esa plaza,

de los dos jardines, de las cuatro fuentes,

por mas que las cuatro volvieron, les faltan

los sauces y abetos que las cobijaban.

Le falta la esencia de ser esa entrada

que había heredado de la puerta nueva

de aquellas murallas y fuera de puertas

se quedó la plaza, vestida de oxido,

mantiene el  recuerdo de aquella que fue,

reclama su esencia, reclama su ser,

reclama vestirse de nuevo de plaza.

 

C. R. C. (16-02-09)