Bajé a la calle en cuanto sonó el teléfono, crucé la carretera y esperé a que llegará mi cómplice. Ella tampoco dijo en casa a dónde íbamos. Antes de salir de casa le había dicho a mi hija que iba a ver las olas y que le mandaría un mensaje cuando estuviésemos en la oficina.

En cuanto llegó, subí a su coche y nos dirigimos hacia la zona del puerto exterior, habíamos estado comentando antes de ir a comer, pensando entre las dos el lugar más cercano dónde poder ir a ver las olas anunciadas. Al final nos decidimos por San Xurxo.

La lluvia fina semejaba niebla y el mar no estaba demasiado agitado. Aparcamos el coche y bajamos. Me afianzaba en el suelo clavando los tacones de mis botas mientras iba bajando, para evitar un resbalón que me hiciese rodar pendiente abajo. Llegamos al borde, lo más cerca que la prudencia nos recomendaba,  bajo la lluvia que nos iba calando y contemplamos la playa oculta por la lluvia. No hacía demasiado viento y las olas no rompían con más fuerza que muchos días de verano. Iniciamos la vuelta hacía la oficina y paramos al lado del puerto exterior, allí el mar era casi invisible a lo lejos, dimos un paseo por unas ruinas a medio rehabilitar en su “nueva” ubicación, las piedras aún están numeradas. Hicimos unas fotos y... mi cámara y  la suya captaron “esos círculos” al fotografiar el interior  de una de las construcciones rehabilitadas. ¿Orbes?... En sus fotos se ven en distinto lugar y más grandes. ¿Electricidad en el ambiente antes de la llegada de esa “ciglógenesis explosiva” que a partir de las siete de la tarde sí estuvo a punto de llevarnos por los aires?

La noche, a la luz de las velas, fue larga y el viento y la lluvia fueron los señores de la oscuridad.

Desde mi ventana... la noche y la silueta del monte ... unas luces a lo lejos... y la radio...