Estuvo a punto de empezar el día con un costalazo y un buen coscorrón. Su despertar fue seguido de un giro brusco buscando la seguridad de su cama. Por un breve instante sintió, peligrosamente, el vacío y la sensación inminente de caerse y despertar en el suelo. Abrió los ojos, miró hacia la ventana, aún era de noche, esperó unos minutos mientras iba volviendo del mundo de los dormidos. Le costaba aterrizar, aunque fuese en su cama. Se levantó, olía a café recién hecho. No se calzó las zapatillas, con los pies descalzos entró en la cocina. Notó el frío del suelo. Se acercó a la mesa, allí estaba preparado el zumo de naranja, la jarra de cristal con el café humeante, el tetra-brik con la  leche, el paquete con los panecillos  multicereales integrales el recipiente con las sacarinas. Encendió el televisor, el soniquete de las noticias rompía  diariamente el silencio de su desayuno. Notaba el frío de la plaqueta gris de la cocina en sus pies. En la encimera, al lado del fregadero, había un bol con lentejas a remojo y una tira de tocino a desalándose. Volvió a su cama. Durante unos minutos permaneció sin hacer otra cosa que no fuera el imprescindible trabajo de respirar. Sobre la mesilla había cinco libros, abandonados sin completar su lectura. Tomó en sus manos uno de ellos, sonrió. Su sonrisa era una mueca triste. Pensó en su amiga escribiendo la dedicatoria en el libro, envolviéndolo y enviándoselo desde Buenos Aires. Había hojeado el libro, eran unos hermosos pensamientos, los conocía. No se atrevía a ponerle una coletilla a la frase que leyera en la portada :“Como dejar de querer tener razón y empezar a tener paz”.

Traspasado el umbral, cuando ya no se desea tener razón, cuando se han llegado a comprender las razones de los demás, cuando la paz se ha alcanzado y perdido porque la paz es una conquista diaria, interior y exterior, cuando asumimos que somos imperfectos y el estado de paz es sinónimo de perfección que no alcanzarán nada más que los que no la buscan  a sabiendas. ¿Paz?. Sí,  se consigue, como la felicidad, en un breve momento, el reconocerla y gozarla, el extrañarla cuando huye y no la alcanzamos, es el imperfecto despertar de cada mañana en que el suelo, al borde de la cama, ha estado a punto de abrazarnos con un brusco beso de buenos días. Un buenos días tristeza matizado con un poco de sol en el agua fría, rememorando dos libros de François Sagan que inspiraron a cineastas y a jovencitas soñadoras que, tres décadas después, siguen emborronando las mañanas con gel tinta azul.

 

<p><a href="http://es.youtube.com/watch?v=M32fcR93KII">http://es.youtube.com/watch?v=M32fcR93KII</a></p>