¿De qué valdría ya?

¿De qué valdría el que yo te escribiera con mil letras,

intentando explicarte con palabras,

todos estos informes pensamientos que atenazan mi pecho y mi garganta?

De nada.

De nada vale lo absurdo que me ocurre.

De nada vale mi pensamiento tuyo.

De nada vale el intentar transmitirte todo lo que me gustaría que entendieras.

Por eso,

por saber, por sentir, por entender, por intuirlo,

que  decir que lo intentes, si es que nunca lo has pensado,

que por un instante, tan sólo un breve instante,

dejes de ser tú y trasciendas a mi lado,

que traspases el umbral del ego tuyo y en mi ego te acomodes a mirarnos.

Que dentro de mí te sientes y desde mí contemples,

sintiéndote en mi yo por un momento,

lo que hubieses sentido, pensado, adivinado,

si tú fueras yo y yo la que de enfrente actuara como tú has actuado.

Pero no puede ser

Ya ves,

otro imposible

ni tan siquiera un momento lo has pensado

por eso,

¿de qué vale el que piense?

¿de qué vale el que luche?

si cuando lo he intentado, tu respuesta es el enfado.

¿Qué no imaginabas terminar así?

¿Qué lo mejor me deseas?

Menuda despedida, menudo aldabonazo,

menuda bofetada me has dado allí muy dentro.

Ya ves,

lo que he sentido es que nunca te he importado,

por eso no desees lo que a ti no te importa.

No me desees nada, tú muéstrate enfadado,

tú muéstrate orgulloso, tú muéstrate ofendido,

yo nunca he sido nada,  ni tan siquiera olvido.

 

C. R. C. (14-12-08)