lunes, 03 de noviembre de 2008 21:27
por
macarey
Mi beso pendiente
He llegado a casa hace un rato, me he comido una empanadilla, me bebí un vaso de mi café negro, frío y sin azúcar y me están entrando ganas de tomarme otro, así que pausa y allá voy a por él a la cocina... ya está, ya he vuelto, la verdad si algún día mi presión sanguínea cambia de repente y se vuelve con tendencia a subirse a las nubes como mi cabeza, creo que lo único que echaría de menos sería el café, así se explica la historia de lo poco que duermo y de lo zombi que ando después por el día... no, no es el café, desde siempre, es decir desde que recuerdo, la noche me ha espabilado, es llegar esa hora en que se supone que debemos estar más atontados y es como si mis neuronas se desperezasen y me dijesen:¡tururú! de dormir na de na que ahora queremos campar por nuestras anchas nosotras... en fin... nueva pausa y rebuscaré en mi bolso el paquete de tabaco... ya tengo el cigarrillo en los labios, ahora nueva búsqueda en pos del mechero perdido... de paso en búsqueda del móvil que por más que lo pongo en el bolsillito del bolso, pues... siempre acaba donde le da la gana... ya está, cigarro encendido, primera calada aspirada, que bueno que sabe un cigarrillo en algunas ocasiones... ya sé, ya sé que no se debe fumar, lo sé, sé tantas cosas, pero... digo yo que algún vicio ha de permitirse una y la verdad es otra de las cosas que no es que no pueda dejar, eso espero, pero para hacerlo tendría que hacer un sobreesfuerzo para controlar mis nervios y... como que a este paso tendré que esperar a la jubilación cuando me pueda tomar las cosas con la tranquilidad que me apetecería en muchas ocasiones en que necesitaría simplemente pasarme las horas muertas como aquí, vamos sin pensar en nada y dejándome llevar, aunque si fuera esa la disculpa me estoy preguntando que por qué fumo ahora mismo, vamos que no, que no es eso, que fumo porque fumo y no hay excusa que buscar para dejarlo de hacer. Recuerdo que en mi primer embarazo intenté dejarlo, pero... mi humor se puso que no había quien me aguantara, hasta tal punto que mi madre en mi primera visita al ginecólogo se lo dijo, lo de mi malhumor y lo de que aún fumaba algún cigarrillo, se lo dijo para que me riñera y me mandase dejarlo radicalmente y fue peor porque mirándonos muy seriamente a las dos, el doctor que era conocido de la familia por haber hecho sus primeras consultas con el marido de mi prima y por lo tanto nos conocía a todos, tanto por haber estado juntos en esas reuniones-cenas-cantadas de casa de mi prima como por haber sido el médico de mi madre. Mi primo político, como casi todos los médicos que no quieren intervenir a nadie de la familia, no quiso operarla cuando tuvieron que practicarle a mi madre la histerectomía, vamos cuando la vaciaron o le quitaron el útero y los ovarios. Tenía cincuenta años y por un par de meses pensó que estaba embarazada porque tenía todos los síntomas, hasta me lo dijo a mí, y pasado el primer momento de celillos pensando en que iba a dejar de ser hija única enseguida me hizo ilusión pensar en un hermano, ya me veía paseándolo y porque no decirlo mangoneándolo, que con mis quince años casi me sentiría más su madre que su hermana, hasta llegué a pensar que no importaba que en casa estuviésemos tan apurados económicamente, yo había estudiado con beca y ni se me pasaba por la cabeza ir a la universidad, sabía que estudiaría Magisterio, no por vocación sino porque era lo único que me permitían nuestros recursos o me permitían mis padres, ni loca me dejarían irme a Santiago y ponerme a trabajar para pagarlos, así que como lo único que se podía estudiar sin irme de casa era lo de maestra o secretaria y ni loca quería verme en una oficina ( ¿sería que me olía que así terminaría?) pues ya me veía de maestra y trabajando en lo que fuera necesario a mayores para que mi hermano pudiera estudiar lo que yo no había podido... fue el cuento de la lechera, no había niño, había un fibroma en el cuello del útero y aunque era benigno dada la edad de mi madre decidieron cortar por lo sano, total la menopausia tenía que estar a la vuelta de la esquina, así que fuera todo, y de paso le extirparon el apéndice. Recuerdo ese día, estábamos mi padre, mis tíos y yo esperando que terminase la operación y de pronto se abrió la puerta y apareció mi primo vestido con la bata del quirófano manchada de sangre y la mascarilla y el gorro todavía puestos, nos dio un susto porque pensamos que algo había ido mal, él no había querido operar pero si estuvo y participó. Nos tranquilizó diciendo que había salido para avisarnos que ya casi había terminado todo y para preguntarnos si queríamos ver lo que habían extirpado. Por supuesto me picó la curiosidad y allí me fui con él. Entró de nuevo en el quirófano y salió con una bandeja metálica donde estaba el útero de mi madre unido a sus ovarios y a un lado el apéndice. El apéndice me recordó a esa tripilla larga que hay en el cuello de los pollos. El útero me pareció pequeño, pensé que cómo podía dar tanto de sí en nueve meses, parecía imposible que allí dentro hubiese estado yo, era casi de la mitad del tamaño del puño de mi mano cerrada. Los ovarios, dos pequeños bultitos rojizos del tamaño de la uña de mi dedo meñique... Y a todo esto no he dicho lo que nos dijo mirándonos muy seriamente mi ginecólogo cuando mi madre se chivó para que me riñera por fumar algún cigarrillo todavía y por mi mal humor, pues nos dijo que le haría más daño a mi hijo que dejase de fumar por el estado de nervios que me producía como demostraba ese mal humor, así que bajo prescripción facultativa y con testigos que salieron trasquilados, me recetó una dosis de cinco cigarrillos diarios, la cual cumplí a rajatabla en mis dos embarazos, porque en el segundo ya fui yo la que le pregunté si podía fumar y en esa segunda ocasión, considerando que el reposo inicial por tener peligro de aborto debido a que la placenta estaba en la parte de abajo, placenta previa fue la palabra empleada, se fue al traste por la enfermedad que acabó con la vida de mi padre y que el reposo se convirtió en ayudar a mi madre a moverlo y a cargar con él, el pobre ni hablaba, ni nos conocía, le dio una subida de urea y le provocó una demencia fulminante, tan fulminante que salió de casa en la ambulancia dándome un beso y diciéndome que no me preocupara que no me haría bien ni a mí ni al bebé y cuando llegamos al hospital, iba con mi marido en su coche detrás de la ambulancia, al bajar la camilla ya no hablaba ni conocía a nadie y de casa al hospital había un trayecto de diez minutos... No sé como mi hija llegó a nacer, a partir de aquel momento me olvidé de todo y sólo viví para mi padre y mi madre, eso unido a la angustia que sufría por verle a él llorando como un niño y gritando mamá todo el día y a mi madre consumiéndose por no tener ni un minuto de descanso ni de noche ni de día, las noches eran largas y se las pasaba gritando, pobre papá, hizo que ni se me notara apenas el embarazo hasta tal punto que usaba los pantalones normales, eran de esos que se traían en aquella época, con pinzas y tenían una cintura de goma, pues lo usé hasta el final, y mi hija nació, dos meses antes, pero sana y sin tener que ir a la incubadora, era chiquitita sólo pesó dos kilos cuatrocientos cincuenta gramos, pero parecía que sabía que si naciese cuando tenía que hacerlo coincidiría con la muerte de su abuelo, ella tenía que nacer a primeros de abril y mi padre murió el día tres, mi hija al adelantar su nacimiento a febrero permitió que yo me recuperase y pudiese aunque poco estar con ellos en el hospital... excepto la noche que murió, lo hizo sobre las diez de la noche y mi madre no me avisó hasta las seis de la mañana no quería que fuese a pasar la noche allí y a mí me hubiese gustado estar con él y despedirme con un beso de mi padre. Cuando llegué ya lo habían metido en el ataúd y no me dejaron darle un último beso, sólo a través del cristal, ese beso me quedará pendiente para siempre.