En los últimos meses hubo dos ocasiones en que después de hablar con alguien por teléfono me sentí tan trastornada que al salir a la calle mis piernas temblaban, el aire me faltaba, me sentía mareada y sin embargo me sentía feliz. Si alguien no reconoce los síntomas, lo siento por quien no lo haya sentido nunca, pero quien lo haya sentido sabrá que eso ocurre no cuando decidimos que ocurra sino cuando sucede y el motivo es lo que hace que nuestra cabeza se rinda a la evidencia de que lo que nos ocurre nos está ocurriendo, queramos admitirlo o no. Debo decir que no contaba con nada semejante y menos de la forma que se produjo, no me queda más remedio que aplicarme el dicho de que "Torres más altas cayeron", por algo los dichos encierran siempre una gran lección de sabiduría y éste, en concreto, de humildad. De nada valen los buenos consejos recibidos o dados mientras decimos si me pasara a mí algo parecido no... ¿No qué?

Y en esas vamos y en esas estamos, no por propia voluntad, la voluntad es fuerte y si la dejo actuar sé que haría eso que me aconsejan aquellos que saben lo que me pilló por sorpresa. Por sorpresa, pero con previo aviso, claro que en ese momento la torre estaba muy segura de su fortaleza y por creerse imbatible fue por lo que su caída fue sorpresiva por no esperada. Tengo que decir, en defensa propia, que esos que me aconsejan, ya no están tan seguros del consejo inicial e incluso lo cambian cuando les hago participes de mi argumentación para no seguir ese consejo.

Hay otro dicho "Más sabe el diablo por viejo que por diablo" y esta diabla, en esta ocasión, se quiere olvidar de lo sabido o porque sabe que, por saber, supuso que sabía lo que tenía que hacer o porque, por haberlo hecho, nunca supo que hubiera ocurrido si no hubiera sabido. Resumiendo, ahora me pregunto dónde está la valentía o la cobardía, en imponer la voluntad y volver a hacer lo que dicta lo aconsejable o en doblegar la voluntad en sentido contrario e intentar encontrar la respuesta sin miedo a su resultado final y sin suponerla de antemano por muchas alertas que se enciendan en nuestra cabeza.

A estas alturas la mejor frase que viene a mi cabeza es esa de "Sólo sé que no sé nada" y para ello tengo que obligarme a ver todo con ojos de niña y el interior de quien

no sabe y está dispuesta aprender. Debo enseñarme a esperar para que esta vez sea lo que haya de ser y no lo que supongo que sé que va a ser. Y cuesta, ni os imagináis cuánto me cuesta acallar lo aconsejable y plantar cara para no perder por no ser capaz de arriesgar.

Todo esto va escrito como un desahogo porque necesito escribirlo, si alguien se siente identificado y le ayuda a pensar me alegraría un montón, pero no intento convencer ni aconsejar a nadie. Cada uno es el que tiene que tomar su propia decisión, y esta decisión mía es sólo mía equivocada o no. No es un consejo para nadie, sólo son pensamientos desde mi yo, que unas veces llora, otras sonríe, otras ríe a carcajadas, sueña, se riñe y por encima de todo se encuentra feliz porque me siento viva y con ganas de vivir.