Cuando era niña en el colegio, tendría unos seis años, había un libro de lectura, creo recordar que en la portada ponía Primaveras... Era el libro en el que se suponía que teníamos que practicar y algunos casi  aprender a leer... yo había aprendido en casa con mi madre a los cuatro años, mi cabezonería ya era entonces manifiesta o mi inseguridad, seamos francos que va a ser más bien lo segundo... era una vergüenza empezar a  ir al colegio y no saber leer... así que aquel verano en que me compraron mi primera cartera, de cuadros escoceses en tonos azules, lloré y lloré diciendo que no iría al colegio si no sabía leer antes porque se reirían de mí... mi madre compró el libro Amiguitos y... me enseñó a leer... y me sentí menos mal cuando llegué al cole con mis letras aprendidas. Bien como iba contando, en ese libro de lectura había un montón de historias que me encantaba leer y dos de ellas me quedaron grabadas para siempre por lo mucho que me hicieron pensar ya de aquella, esas lecturas fueron "Las cuentas de Pablito"  y sobre todo "La camisa del hombre feliz"... la primera hoy no la veo tan con ojos de niña, soy madre y no les contestaría a mis hijos con ninguna otra nota aunque la suma final fuera cero... pero... "La camisa del hombre feliz" sigue siendo para mí algo que me ha hecho reflexionar en muchos momentos... Hace unos años se la envie a alguien y me contestó al leerla que muy bonita pero que era un cuento de niños y no le veía nada de nada de particular, por no decir que no entendía para que se la había mandado...

 

La Camisa del Hombre Feliz

Leon Tolstoi

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor.

Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países. Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.

El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo fue un trovador quien pronunció: - Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor.

- Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad. Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra, pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor. Y quien lo tenía se quejaba de los hijos.

Mas una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea: - ¡Qué bella es la vida!, Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?

Al enterarse en palacio de que por fin habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente: - Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida! En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.

Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante, mas cuando por fin llegaron, traían las manos vacías: - ¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre! - Señor - contestaron apenados los mensajeros -

!!!! El hombre feliz no tiene camisa ¡¡¡¡