Cascarón de una nuez a la deriva,

en los mares abiertos da batalla

y se enfrenta, valiente, si las olas

zarandean con furia y no se raja.

Agotada y al borde de sus fuerzas,

continúa a su  mar plantando cara,

solamente ella va a arriar sus velas

entre aguas de una ciénaga varada.

Nada puede si en arenas movedizas,

de un fangal semejante a tierras blandas,

no hay tormenta, no hay bravura, sólo lodo,

embarrándose, enfangándose  su cáscara.

No hay ni un grito que la haga estremecerse

y sentir que por dentro ruge y clama.

Desde el fondo de la charca de aguas negras,

desde el fondo del silencio de las charcas,

busca el cielo de la estrella de su norte,

entre nubes que le impiden contemplarla,

no distingue donde acaba la negrura,

no hay bengala de socorro, luminaria ,

descorriendo con su luz la noche negra,

busca el faro que la guía y que la salva

y la lleve al canal del mar abierto

donde pueda de nuevo  plantar cara.

Sollozante va buscando entre las sombras,

la señal de la señal de que es salvada

se revuelve, se agita, no se rinde,

pone en ello aún más fuerzas y  más ganas

luchará contra lo negro aún sin verlo

y a gritos se lo escupe a la charca:

¡No hundirse, no callarse, no rendirse!

¡No volver nunca más a  no ser nada!

Desde el fondo de la negra orilla negra,

agujero negro, trampa  que la atrapa,

al mirar desde la borda hacia fuera, s

sólo encuentra la negrura de aguas mansas.

 

C. R. C. (04-09-08)