Esta noche te estaré esperando

y si no vienes te esperaré mañana,

no me cansaré nunca de esperarte

porque en esperarte he empeñado mi palabra.

Si esperando me arriesgo a no encontrarme

con esos otros que, tal vez, a mí me esperan,

prefiero este riesgo de no hallarles

a por cansarme de esperarte no encontrarte,

si es que tú vuelves a buscar a quien te espera.

Que no es casual si no causal esta querencia,

que  fue casual el que los dos nos saludáramos,

harta de esperas y cansada de promesas,

andaba yo muy enfadada y hasta airada.

Llegaste tú y desafiante fui contigo,

te contesté a viva voz y fui tajante,

aún  hoy no sé  por qué ni cuál fue en ti el motivo

que soportarás mis borderías insultantes.

Tal vez los dos nos encontramos decididos

a no dejarnos seducir por más mentiras,

desconfiado tú y yo escéptica del todo,

quién me iba a mí hacer pensar en el peligro

de acostumbrarme a tus palabras y a tus modos,

hasta sentir que en mi interior te habías metido.

Y fue una tarde, al escuchar unas palabras,

de una canción de la que tú me habías hablado,

cuando de pronto me emocioné, al escucharla,

imaginando que eras tú quien la cantaba

y que era a mí a quien hablaban tus palabras.

La causa, pues, de que yo al fin me diera cuenta

de que te amaba, a pesar de no quererlo,

fue esa canción y esas gotas derramadas

desde mis ojos al comprender estremecida

que sin querer ni tú ni yo nos tropezamos,

que sin querer ni tú ni yo nos conocimos

y sin quererlo ni tú ni yo y a contratiempo,

a contratodo, a contracorriente, a contramano,

no me preguntes el motivo ni la causa,

de que sabiendo que es del todo imposible,

sin ilusiones y sin falsas expectativas,

sin sueños locos de un contigo de la mano,

sin un pasado, sin presente, sin futuro

y sin quererlo, yo de ti me he enamorado. 

 

C. R. C. (01-09-08)