Desde mi ventana veo el cielo azul y las gaviotas volando, no se escuchan sus graznidos, vuelan lejos y alto, algún vencejo revolotea también sobre los tejados y una paloma se posa en el alfeizar, mira para adentro y se acurruca al sol mientras yo la miro. A lo lejos se ven las rocas en el monte y los árboles, sólo un trocito de monte entre los tejados recortándose sobre el cielo allí algo menos azul, la bruma es blanquecina y atenúa el azul cielo intenso,  por allí se pone el sol, aunque no se le ve sumergirse en el mar, sólo el reflejo rojizo tras la montaña que lo oculta de mi vista al atardecer. En primer plano una pequeña buhardilla con su tejado a cuatro aguas y a su izquierda la silueta que imita una almenas o una escalera que lleva al cielo, su último escalón es redondeado, nunca me sugirió nada su forma pero está ahí en primer plano siempre que miro por mi ventana. Las gaviotas siguen volando, se acercan y se alejan,  se oye el ruido de los coches al pasar, acelerando para continuar su camino cuando el pitido del semáforo se silencia y les da paso de nuevo, algún claxon, alguna moto... Si estiro el cuello  y miro un poco más hacia la izquierda se ven los árboles del jardín, un gran sauce, varios cerezos, abetos, han crecido tanto en estos años que ocultan los edificios, sus ramas se mueven, hace brisa, el día debe ser precioso, uno de esos días que invitan a salir y pasear, a comer al aire libre, darse un largo baño y después ir paseando por la orilla mientras el agua resbala por la piel y el sol besa nuestro cuerpo, desperezarse y estirarse en la arena, cerrar los ojos y escuchar el sonido del mar, buscar luego un prado donde la hierba invite a tumbarse en ella, sentir su frescor,  dormir bajo los árboles mientras se oyen los latidos del corazón en las sienes y la mente se queda placidamente en blanco dejándose mecer por la Tierra que gira con nosotros abrazados a ella, la espalda fundida en su superficie y sintiéndonos parte de ella, una minúscula partícula que forma parte de la materia cósmica, del infinito que se extiende o se contrae sobre si mismo. En esos momentos es cuando la sensación de no prisa, no nada, no... es más intensa, qué importa nada, si no somos nada más que eso, una partícula insignificante que gira  y vaga perdida en el Universo... Carbono y agua, materia que se piensa importante y no es más que materia, materia soberbia, egoísta, materia que se olvida de que no es nada, que según llegó a ser dejará de ser y su ausencia no significara nada, no se alterará nada en el Universo... absurdos pensamientos de trascendencias nos engañan y nos hacen pensar que somos algo más que esa ínfima y casual porción de materia, espacio y tiempo que ocupamos mientras vivimos y sin embargo ¿qué es lo que nos hace sentirnos tan necesitados de preguntarnos y entender todo? ¿qué es lo que nos hace sentirnos tan necesitados de amar y ser amados? ¿qué es lo que nos hace olvidar nuestra insignificancia? ¿qué es, si sólo giramos? ¿ por qué, a pesar de que giremos? ¿qué nos hace sentir tantas ganas de llorar?  ¿Qué y por qué?