viernes, 30 de mayo de 2008 21:35
por
macarey
Viernes noche
Viernes, comienza el fin de semana, las parejas se preparan para reencontrarse libres de la monotonía de los días de trabajo, los lugares de copas esperan, los amigos se reúnen y comentan entre risas los acontecimientos de la semana. Apetece ponerse esa ropa que nos hace sentir bien al mirarnos al espejo, un buen baño mientras pensamos que zapatos nos pondremos y si aquel colgante lucirá mejor sobre el escote desnudo o sobre la gasa de aquella blusa que recordamos haber comprado hace un par de meses pensando en una noche como esta. Salimos del baño, nos envolvemos en una toalla y nos sentamos en el borde de la bañera, el vapor empaña el espejo y no nos permite ver si nuestro rostro ha quedado lo suficientemente radiante o aún refleja el cansancio del día. Tomamos de la repisa la leche corporal que usamos cada mañana y la descartamos, mejor esa otra perfumada que está en el estante, nos apetece sentir su olor desprendiéndose de nuestro cuerpo durante la noche, ese olor penetra en nuestro olfato y nos hace sentir
completamente despejadas y despierta nuestra sensualidad. Desenroscamos el tapón y echamos en la palma de nuestra mano unas gotas de crema olorosa, la aplicamos sobre nuestras piernas lentamente desde el empeine del pie recorriendo los tobillos y subiendo por nuestras piernas hasta detenernos en las rodillas, aspiramos el perfume y miramos el aspecto brillante y dorado que adquieren nuestras piernas y nuestros brazos. Dejamos caer la toalla y terminamos de aplicar la crema por todo nuestro cuerpo, nos sentimos bien y con una toalla hacemos círculos sobre el espejo para eliminar el vaho que lo cubre, miramos nuestro reflejo y nos sonreímos, nos sentimos vitales y la noche nos espera. Terminamos nuestro ritual en el baño con una dosis de crema sobre nuestro rostro y el correspondiente maquillaje de ojos y labios, una pincelada de tierra de sol vuelve nuestra tez dorada y tras soltar nuestro pelo y sacudirlo lo desenredamos con nuestros dedos y le aplicamos un poco de laca para aguantar su forma mientras nuestros manos lo ahuecan y tras examinar el resultado, salimos del baño y comenzamos a vestirnos. La ropa interior acaricia nuestra piel y ese vestido que se cuela desde los hombros merece el colgante que habíamos pensado antes, lo cogemos de su estuche y nos lo colocamos alrededor del cuello, cae sobre nuestro pecho y aprobamos el resultado del conjunto . Abrimos el cajón de la cómoda y buscamos esos pendientes en forma de lagrima y con nidos de pájaros que hemos heredado de nuestra abuela, la ocasión lo merece pero debemos recordar vigilar su cierre durante la noche, no queremos perder uno de ellos. Nos sentamos en el borde de la cama mientras deslizamos las medias por nuestras piernas y colocamos cuidadosamente a la misma altura en ambos muslos el encaje de sus ligas, nos calzamos esos zapatos de tacón del mismo tono que la chaqueta que nos pondremos y tras un toque final de perfume a ambos lados del cuello y en las muñecas y descolgando esa chaquetilla de fino y suave cuero gris con ese olor a piel que nos encanta, la echamos sobre nuestros hombros y tras una última mirada al espejo, nos sonreímos tomamos el bolso y apagando la luz del cuarto nos dirigimos a la puerta, es viernes y la noche, al otro lado, nos espera.