Erase que se era... el mayor contador de cuentos de un país de cuentistas. Vivía en una pequeña cabaña en el bosque y cuando le veían llegar silbando por el camino que llevaba a la aldea de Zindila y Zindala todos los zindalienses  alborozados gritaban a su pas: “¡Vamos a contar mentiras que ahí viene Cuentista!” Una noche llegó a la aldea un viejo sin nombre y ofreció una recompensa a quien le hiciera sonreír. Todos los cuenta cuentos empezaron a desfilar por la plaza donde se había sentado el viejo sin nombre en un banco de piedra con forma de gota de agua. Unos contaron historias de amores imposibles, otros de animales fantásticos, de princesas con lengua de mariposa, de lunas enamoradas del sol, de caminos a la morada del dragón que protege la piedra de siempre tuyo, de nieblas con forma de mujer hecha de jirones de algodón dulce, de mariposas con alas de enredadera, de hiedras que subían por las piernas de los que no se habían enamorado, de un clavel amarillo y una rosa negra de espinas rojas. Todos habían contado su historia sin conseguir hacerle sonreír y llegó el turno de  Cuentista.  Se plantó ante el viejo sin nombre y le dijo que le diese la recompensa ya que el ganaría a todos. El viejo sin nombre le miró y de su boca rodó al suelo una perla. Al caer a los pies de Cuentista, éste se agachó y al recogerla quedó deslumbrado por el resplandor que desprendía la perla, no quería otra recompensa, necesitaba aquella perla para poder contemplarla y verla brillar. Su mano se cerró sobre ella y al rozarla sintió que le quemaba la piel como una brasa. Abrió la mano y la perla rodó al suelo de nuevo y se paró a los  pies del viejo sin nombre que la tomó con cuidado y la colocó en un bolsillo sobre su corazón. Cuentista dio un paso al frente y le preguntó al viejo sin nombre dónde había encontrado aquella rara perla. El viejo sin nombre le miró y le dijo: La perla de fuego no la encuentra nadie, es ella la que escoge a su dueño, es ella la que le hace perder la sonrisa porque quien la posee no vuelve a sonreír. No me importa, dijo Cuentista, necesito esa perla, te daré lo que me pidas pero damela. El viejo sin nombre mirándole fijamente volvió a repetir sus últimas palabras: Quien la posee no vuelve a sonreír. ¿Perderías la sonrisa por tenerla? Mil veces la perdería, contestó Cuentista. Tuya es si ella lo quiere, pero a cambio me darás tu don de contar cuentos. Acepto, dijo Cuentista. La perla brilló con un fulgor de luz iriscente y abandonando el bolsillo en que la había guardado el viejo sin nombre, se deslizo por el aire sin tocar el suelo y se posó en la mano de Cuentista. En ese momento una sonrisa irónica asomó al rostro del viejo sin nombre y  la cara de Cuentista se contrajo en una mueca de dolor. Había  probado el fuego de la perla en su piel y la sonrisa se borró para siempre de su cara. Quiso decir algo, pero no pudo hablar, ya no podía contar cuentos. El viejo sin nombre se levantó mientras el silencio de los zindalienses era roto por su carcajada y se alejó caminando mientras murmuraba: “Cuenta cuentos, cuenta cuentos pero el cuentista soy yo” Cuentista miró la perla y lloró, era negra, fea  y fría,  ya no era bella. Todo había sido una ilusión.