Tal vez los primeros poemas que leí estaban en una pequeña libreta apaisada, con canto forrado de hule y cubiertas de cartón, sus hojas estaban escritas a pluma con tinta azul por una mujer cuyos sueños fueron rotos como los de tantos que hace setenta y dos años tenían quince. Difícil época para soñar y para copiar unos versos que era lo único bello que les permitía evadirse. De los poemas que encerraba aquella libreta algunos son de autor desconocido pero no menos bellos que los que llevan el nombre de su autor. De entre todos ellos hay algunas estrofas que se hicieron un hueco para siempre en mi mente y hoy he buscado esas páginas amarillas para leerlos de nuevo. Al hacerlo su dueña me ha preguntado que estaba buscando y al ver la libreta en mis manos la cogió y ha empezado a leer en voz baja y para ella algunas estrofas. Hay sensaciones que no envejecen y la belleza de un poema se siente igual a los quince años  que a los ochenta y siete.

 

 

 

Presentimiento

 

Tengo el corazón enfermo

Cansado ya de esperarte

Cuando al fin llegues amado

Acaso será tan tarde

Que habrán muerto mis canciones

Y mi juventud fragante

Y serán nieve los labios

Que no pudieron besarte

Tendré el alma envejecida

Tendré pálido el semblante

Y estarán mis ilusiones

Y mis pupilas suaves

Tan cansadas y marchitas

Tan tristes y agonizantes

Que habrás de llorar amado

De dolor al contemplarme

Y escucharás dolorido

Mi renuncia en esta frase

¡No puedo amarte, imposible!

!¡Llegas tarde...llegas tarde

 

(Anónimo)

  

 Romance al último amador

 

Cuando me mate este amor 

Porque tiene que matarme

Los pocos que me queréis

Ponedme al pie de aquel sauce

De aquel que sabe el divino

Secreto de aquella tarde...

Llevadme al morir el día

Cuando los pájaros canten

Y las estrellas se asomen

Y las hogueras se apaguen

Sobre mi cuerpo una a una

Siete hojas deshojadme

Las siete letras queridas

Del nombre que nadie sabe

Las siete letras que son

Siete gotas de mi sangre

Vendrá de noche la luna

Toda blanca a arrodillarse

Junto a mí como otras veces

Para escuchar mis cantares...

¡Luna blanca, luna blanca...

Luna de mis soledades!

Al blanco rumor del viento

Le dirá cantando el sauce

Esta vez luna lunera

Esta vez llegaste tarde

Aquí está a mi pies tu amigo

El de los tristes cantares

Aquí está a mi pies el último

Amador fino y constante

Que porque sufrió el dolor

De haber nacido tan tarde

Vivió muriendo y callando

Un amor de soledades

Ni a las estrellas les digas

Luna blanca lo que sabes...

Que queden las siete letras

De aquel nombre sobre el aire

Como siete mariposas

Entre la luna y el sauce

No os pido que comprendáis

Amigos este romance

Un triste eco romántico

Impropio de estas edades

Una sola cosa os pido

Que una no habéis de negarme

¿No sabéis el sauce aquel

junto al que no pasa nadie?

Amigos cuando me muera

Porque este dolor me mate

Ponedme por compasión

Ponedme al pie de aquel sauce

 

(José María Pemán)

 

 

 

Generosidad

 

Venía cansado de todas las rutas 

Venía curtido por todos los vientos

Venía empapado de todas las lluvias

Y ... traía los labios sedientos

Buscando reposo

Miraba mi puerta

Miraba tan dentro

Que sin preguntarle quien era

Ni hacía donde iba

Yo le abrí mi puerta

Aticé el rescoldo

Puse los manteles

Y en la copa limpia

De mis labios rojos

Dejé que bebiera

Las mejores mieles

Generosamente

Mis brazos sirvieron

De almohada y apoyo

Para el peregrino

No fueron dogales mis brazos

Ni fueron cadenas mis rizos

Y le vi soñando

Con nuevos caminos

Le adiviné ansioso

De una nueva huerta

Le sentí cansado

De mis brazos suaves

Y ... ¡le abrí mi puerta!

 

(Anónimo)