Hoy es un día distinto. Estoy esperando con mi madre para acompañarla al médico y  está nerviosa. Por la mañana nos levantamos temprano y después de tranquilizarla,  me senté a revisar unas fotos y dos de ellas me hicieron detener para mirarlas y pensar lo que me llevó a atrapar esas imágenes. Son bellas, la una y la otra, compañía y soledad, dos maneras de vivir y no siempre las deseadas. Compañía en soledad de dos es peor que soledad en compañía de uno. Compañía en complicidad y soledad sin melancolía son los estados perfectos para una vida feliz como la del hombre del cuento, ese que era el único que era feliz, pero no podía dar su camisa para curar la enfermedad del rey. El hombre feliz era tan pobre que no tenía camisa, pero tenía felicidad. Acabo de pedir una pizza por teléfono y al traerla, me llevé la sorpresa de que el repartidor era un chico que fue alumno de aquel colegio del que tan buenos recuerdos me quedaron. Ver una sonrisa en sus ojos y en su  boca desdentada al abrirle la puerta y al decirme “no sabía que vivías aquí”  y sonreírme de nuevo mientras se iba diciéndome “hasta luego nena”, me han hecho feliz como cada vez que lo veo. Su vida ha sido dura, una infancia y adolescencia marcada por los malos tratos de un padre alcohólico, una juventud rota en el mundo de la droga y su cara de agradecimiento siempre que nos encontrábamos, por más hundido y abandonado que estuviera siempre había un saludo para mí. De todos los alumnos que tuve  en esos cinco únicos años que fui maestra, es al que más cariño tengo, y siento que sabe que lo aprecio y me alegro por su recuperación. La vida no fue justa con él como tantos otros, pero se ha levantado y vive de nuevo. Hace ya unos años que se ve su mejoría y hace dos años, justo el día de Nochevieja lo encontré con su chica y su hijo, les di un beso y le dije lo mucho que me alegraba de verlo bien, me dijo que lo sabía me dio un beso y me dijo “cuídate”, en esos días mi cara reflejaba mi vacío interior, y oír sus palabras me hicieron llorar al volver a mi casa, me sentía feliz por él y por haber provocado su sentimiento de lastima por mí. Poco a poco fuimos volviendo a encontrarnos de paso y sus saludos son sonrientes y felices como hoy  “hasta luego preciosa”. Esté donde esté no pasa sin saludarme y si no lo veo, se acerca para decirme “hola” con esa sonrisa que provoca en los ojos la alegría y el cariño de ver a quien se alegra de vernos bien como me pasa  a mí cuando le veo ahora a él. Sentimiento de felicidad por ti mi querido Pardo. Cuídate y sigue así, siendo un luchador que ha triunfado contra el peor enemigo: nosotros mismos.