¿Cuál es la diferencia entre un día y otro? ¿Por qué unos días nos sentimos con unas fuerzas imparables y otros nos empequeñecemos y nos sentimos tan cansados que hasta cuesta respirar?. Ayer fue un día de esos de fuerza, optimismo, coraje... todo era posible, que  a nadie se le ocurriera decir lo contrario. Llegó la noche y algo fue resquebrajándose dentro, lo sentía como subía desde mis pies, me agarraba el estómago, me aplastaba el pecho y llegaba hasta mi cabeza que por más que sacudía intentando hacer volver esa conocida sensación de impotencia de regreso camino abajo hasta hacerla salir por mis pies de nuevo, no lo conseguí. Dormí, me levanté, me puse mi sonrisa, salí a la calle, pisé fuerte por el camino al trabajo, saludé a mis compañeros, encendí mi ordenador, empecé a organizar los temas pendientes, todo normal, hicimos una pausa y bajamos a tomar un café y fumarme mi par de cigarrillos, intenté charlar despreocupada y animadamente, hice un par de comentarios sobre que parecía que hoy se acusaba el cambio de hora, intentaba justificar mis silencios y mi mirada ausente, mientras bebía sorbo a sorbo mi café. Volvimos a la oficina, continuamos nuestra rutina, llegó la una  y nos fuimos a comer. Por el camino mientras iba sentada  en el coche de la compañera que me acerca a mi casa, iba debatiéndome entre subir directamente o vencer mi desanimo acercándome a hacer alguna compra y después sentarme un ratito en el banco ese donde me gusta tanto que me dé el sol y me imagino acompañada por mis sueños. No lo hice,  entré en mi portal, subí en el ascensor, entré, cerré la puerta, cogí  mi portátil, releí los pensamientos de alguien que como yo de vez en cuando expresa sus sentimientos y sus zozobras, dejé un comentario en su blog, mientras me reclamaban para que fuera a comer. Cerré el portátil, fui hasta la cocina, nos sentamos a la mesa, la televisión encendida es una buena excusa para hablar poco cuando no apetece que te pregunte, dirigí mi mirada a la pantalla como si me interesase lo que decían, así no se verían mis ojos, ni me preguntarían si me pasaba algo. Terminé mi comida, me levanté de la mesa, cogí mi plato y empecé a  recogerlo todo, el estar de  espaldas es una buena postura para seguir ocultando la expresión de mi rostro, no había que llevar colocada la sonrisa mientras lavaba los platos. Salí de la cocina, volví a la sala, encendí el otro televisor, volví a coger el portátil y aquí estoy, escribiendo, para intentar entender por qué hoy no es como ayer si todo es exactamente igual. Dentro de unos minutos, me levantaré, iré al cuarto de baño, me peinaré, hidrataré mi piel, retocaré con un lápiz negro la raya de mis ojos, dibujaré con uno marrón el perfil de mis labios, los colorearé de un tono rojizo como mi jersey  y mis zapatos, me pondré la gabardina, cogeré mi bolso, daré un beso a mi hijo y otro a  mi madre, me dirigiré a la puerta y antes de salir, cogeré el frasco de colonia de encima del taquillón de la entrada, pulsaré un par de veces para perfumar mi cuello, colocaré de nuevo el frasco dentro de su caja de catón, echaré un vistazo al espejo para comprobar que todo está en orden, me colocaré de nuevo la sonrisa, abriré la puerta, llamaré el ascensor, bajaré a la calle, me pondré mis gafas negras y caminaré de nuevo decidida y desafiante hasta mi trabajo. Por el camino nadie que se cruce conmigo podrá ver como me siento de verdad, no se verán mis ojos, las gafas ocultan el vacío que  se asoma desde mi interior, nunca pude disfrazar mis ojos, me delatan aunque intente enmascararlos con una risueña mirada.

La tarde será como la mañana, y al volver del trabajo a eso de las ocho, ya no habrá sombras que me oculten de nadie, ahora es día, habrá que disfrazarse muy bien para que no se note que hoy es uno de esos días que no merece la pena vivir.