Tercer día de trabajo después de la pausa de Semana Santa y... me encanta. Supongo que en todos los trabajos ocurre igual, días de sosiego monótonos, casi indolentes en que incluso se hacen largas las horas mientras estás  allí y... de repente... las horas vuelan, llegan sin saber cómo esos días en que los teléfonos no paran de sonar, los asuntos urgentes son todos, nos atropellamos y nos parece que no vamos a hacer nada al derecho... pero... nos reímos... con las equivocaciones, con los atropellos, nos decimos " no hagas nada más, que no sé como vamos a acabar hoy...". Es bonito trabajar con unos compañeros que justo en esos momentos de agobio es cuando mejor nos llevamos y funcionamos, es entonces cuando al llegar a casa sigo sonriendo, cansada... sí,  pero feliz. A veces cuando los días son de esos interminables, incluso uno u otro, yo incluida nos damos alguna mala respuesta, nos mostramos insoportables, pero... hoy al ponerme a pensar en lo tarde que he salido del curro y en lo francamente relajada que me encuentro, es cuando me doy cuenta que somos más que compañeros, a pesar de los momentos bajos, a pesar de las malas caras, a pesar de soportar nuestros cabreos justificados o no, sé que en pocos sitios se ha llegado a una complicidad que nos haga reír como lo hemos hecho ayer y hoy... Me duelen las cervicales, me siento molida, pero... me siento viva y me gusta esta sensación de saber que lo haremos y que lo haremos bien... que si uno no llega otro lo hará por él, porque sí, porque queremos que esa gente que ha puesto una ilusión en nuestras manos, yo me entiendo cuando digo esto, ya sé no somos nada más que vendedores, pero... sabemos que lo que vendemos es el sueño de esos que ahora esperan nuestra llamada, que nos llaman para preguntarnos "cuándo", y por ellos, sí por ellos (que no se entere nuestro jefe), es por lo que nos salé de dentro hacer todo esto que hacemos y desear que salga bien.