Ayer no estuviste conmigo, todo el día tuve esa sensación rara en el estómago, ese pellizco en el corazón que me decía que te necesito a mi lado, que me muero por sentir tu mano en la mía, mirarme en tus ojos y ver tu sonrisa. Te esperé, hasta fui corriendo a nuestra cita porque al mirar el reloj, no sé cómo lo hice pero vi que era ya nuestra hora y yo no estaba allí. Me apresuré y al ver que no estabas, me di cuenta que era aún muy temprano, que me había equivocado y era una hora menos de la que había visto. Me calmé y me dispuse a esperar con paciencia, fueron pasando los minutos, mucha gente entraba y salía, pero por más que miraba, tú no estabas... me sentía cada vez más angustiada, precisamente ayer, que te necesité todo el día... que me moría de ganas de decirte tantas cosas... Esperé una hora y comprendí que era inútil mi espera, que tal vez era mejor así, mejor que no hubieras venido, para no poder decirte así lo mucho que te extraño cuando no estás, lo mucho que me haces falta. Hoy te esperaré de nuevo, mi corazón sigue estremecido y las lagrimas, ahora que te estoy escribiendo, quieren asomar a mis ojos, pero las contengo, aún mantengo la esperanza de que hoy sí vengas y sea capaz de decirte lo que no te pude decir ayer. Te esperaré esta noche, en nuestro sitio, te esperaré con la esperanza de que aparezcas un día sin previo aviso y que me sorprendas diciéndome lo que tanto deseo oír, y que me atrapes en tus brazos para que sean para siempre cómplices encadenados de los míos, te esperaré, te espero, es mi destino esperarte y cuando llegues sabré que eras tú a quien siempre y por siempre esperé.