viernes, 07 de marzo de 2008 22:31
por
macarey
Mis motivos
La última vez que escribí en esta página me encontraba muy triste, esa tristeza me impedía valorar lo que poseo, buena salud, buen trabajo, cariño de quienes me conocen, unos hijos que me preocupan pero son buena gente, una madre que me entregó toda su vida y a la que ahora me toca corresponder... ¿qué era entonces lo que me angustiaba y me oprimía el corazón?... una soledad de mujer que echaba de menos lo que escribí. Esa soledad, en cierta manera es una decisión, acertada o no, que tomé libremente hace ya cerca de diecinueve años, una soledad no buscada, pero que fue elegida cuando me pusieron entre la espada y la pared de la sumisión total, elegí ser libre del todo, no me había casado para simplemente obedecer a mi marido, mi cabeza no podía someterse ni por amor ni por sumisión a una decisión, a un capricho sin motivos, a un ultimátum surgido de repente y sin pensar en nadie, ni siquiera en esos hijos que habíamos traido a un mundo que ellos no nos habían pedido vivir. Jamás en los años que han pasado entendí aquella decisión por su parte, por mucho que pensé en sus motivos, la única conclusión a que ha llegado mi mente es que no nos amaba, ni a mí ni a sus hijos y que siguió el consejo de alguien que poco después de casarnos ya me había dicho en su presencia que mi papel era estar en casa sin osar entremeterme en las decisiones de mi marido y sin opinar de lo que él decidiese hacer con nuestra vida, porque mi papel era estar en casa, cuidarle y darle hijos... oir esas palabras y presenciar como la persona que era mi marido no hacía otra cosa que guardar silencio y asentir con ese silencio a ellas, me hicieron ver a los pocos meses de casarnos que había cometido el mayor error de mi vida, aún así intenté vivir ese matrimonio, no sé si ya con ilusión, tal vez mi desencanto me impidió vivirlo plenamente, pero no me fui, tampoco me callé jamás, los escasos nueve años que estuvimos juntos intenté darle lo mejor de mí, a pesar de mi desencanto inicial y de los constantes desencantos que hoy recuerdo y aún duelen, por eso al recibir aquella última afrenta de su boca , aquel o haces lo que yo digo o nos separamos... mi respuesta, después de intentar dialogar y de ver mi fracaso, fue la de recobrar mi libertad... y no me arrepiento de ello, no encontraré jamás lo que me falta, pero me quedo con la tristeza de mi soledad y la esperanza de vivir mi sueño.