Angelita y el misterio. Desenlace
Se nos había quedado pendiente el final de esta historia, pero con las Navidades de por medio, la verdad es que no me había vuelto a acordar.
Menos mal que ayer Angelita me llamó, quedamos en vernos este fin de semana, y además me recordó que tenía que contar el final de su historia. Hay que ver lo que le gusta a mi gente salir “en los medios”...
Angelita acudió a la cita a “prestar” su cuerpo.
Encontró fácilmente la dirección, pero tardó bastante en aparcar. El hecho de dar vueltas y vueltas a la manzana la iba poniendo cada vez más nerviosa, pero finalmente aparcó, llamó al anfitrión al móvil y le anunció su llegada.
El la esperaba en la puerta de su piso, pantalón tejano, torso desnudo, pies descalzos sobre el parket y una sonrisa mitad lasciva, mitad cálida...
Le preparó una copa, y aunque carente de alcohol porque mi Angelita no bebe nada, y esa noche menos, él le preparó un cocktail de lo más sofisticado y bien presentado que había visto jamás. El escenario era perfecto.
El piso era perfecto también. Un ático enorme en el centro de la ciudad, decorado de forma minimalista, con pocos detalles pero muy bien escogidos. La iluminación era exquisita, muy estudiada, tenue, incitante y perfecta para la ocasión. Todo estaba dispuesto para pasar una noche inolvidable.
Angelita pensaba que sería llegar y ponerse, pero no... Hablaron durante dos horas, repasaron una colección de discos de vinilo, que el señor conservaba, con el mejor jazz de todos los tiempos, y por un minuto mi amiga pensó que era una noche perfecta y que no hacía falta más. Pero no era así, no había ido a eso, el trato era otro. Prestar su cuerpo por una noche. Y así fue.
Con toda la naturalidad del mundo, como un acto cotidiano el caballero la besó, suavemente, mientras ella seguía hablando del Modern Jazz Quartet. Primero sus parpados, sus mejillas, su nariz, su frente, el cuello... hasta que llegó a sus labios y Angelita ya no pudo hablar más... El beso se convirtió en un abrazo largo lleno de jadeos, lametones, caricias y búsquedas.
Pero la condición era muy clara, así que él la llevó a su cama y la tumbó. Le pidió que no se moviera, que no le tocara, que no le buscara. Aquella noche su cuerpo era de él, y ese era su deseo.
Así que Angelita hizo lo que le pidió. No se movió, no le tocó, no le buscó. Se concentró en disfrutar de sus manos recorriendo todo su cuerpo, estudiando cada centímetro de la playa de su piel. Se dispuso a sentir su propio cuerpo como jamás lo había sentido y la inundó una marea salvaje.
Intentó mantener la calma y no perderse, pero, por supuesto, se perdió una y mil veces en tantas sensaciones nuevas, y dejó que él le hiciera todas las cosas que quisiera, cosas que jamás le habían hecho, y creyó morir tantas veces como orgasmos tuvo.
No se quedó a dormir. El trato no era ese.
Una vez recuperó su cuerpo y el aliento para levantarse, se vistió y se despidió del misterioso caballero, que le dio un cálido beso en la mejilla.
NO lo ha vuelto a ver. Tal y como prometió, él dejó el curso de cocina en el que coincidían, y no la ha vuelto a llamar.
Un trato es un trato ¡!!!!!