Hace poco más de dos meses entre en una residencia de ancianos para hacer las prácticas de un curso de atención especializada en enfermos de Alzheimer.

El primer día me costó horrores acostumbrarme a todo aquello, me daba mucha pena, y tenía que salir fuera para coger aire y enjugarme las lágrimas para que no me vieran de esa manera.

No sólo había enfermos con alzheimer o demencia, había personas completamente dependientes de otra para realizar sus necesidades diarias, personas de las cuales sus familias no podían hacerse cargo y personas que huyendo de la soledad de sus casas buscaban allí compañía.

Cada paciente tenía una historia, cada historia me encogía un poquito el corazón...

El primer día, al cruzar el patio me encontré con una cara conocida, una vecina del antiguo barrio donde vivía, hacía como unos 10 años que no la veía, sabía que estaba enferma pero pensaba que se encontraba muy lejos de aki, con su familia, me lleve una sorpresa al descubrirla allí y más aún cuando vi que tenía un estado avanzado de alzheimer. Me acerque a ella...estaba sentada en una silla, le sujete las manos, me agache y la miré a los ojos... la llame por su nombre....nada...le acaricie la cara, la bese y me sonrió.

Los demás días que estuve allí, paseabamos un ratito, yo le contaba cosas de cuando pequeña, pero ella no tiene apenas memoria, me hablaba palabras sin sentido, si yo reía, ella también lo hacia...pero todas las mañanas al llegar, me acercaba a ella, le cogia las manos y le miraba a los ojos, no le hablaba, sólo le miraba fijamente y le sonreía, después de unos segundos ella también me sonreía y me sujetaba la cara entre sus manos... yo quiero pensar que en aquel instante ella me reconocía un poquito.

Cuesta mucho aceptar como la mente se puede ir degenerando de esta manera, como no son capaces de reconocer a sus familias, de hablar, de sentir hambre o sed, dolor físico... existe un paralelismo con la vida de un bebé, mientras el bebé avanza cada día en su aprendizaje, ellos retroceden.

Es muy triste, y más que para el enfermo, para la familia, para su entorno, a veces la familia no puede sobrellevarlo porque necesitan una dedicación completa.

Estos días me he angustiado un poco pero también me ha reconfortado pasar esos momentos con ellos, me ha dado una satisfacción enorme sentirme útil en cosas que para mi son insignificantes y para ellos supone un esfuerzo grandísimo.

Aunque hoy estoy segura que la mayoría de ellos no me recuerdan, yo los recuerdo a todos, sus gestos, sus manos temblorosas intentando acariciar mi cara... llevo un trocito de cada uno en mi corazón.