¡Yo tengo movilidad reducida!
Miércoles de morros con mi marido: vamos con el coche al Xanadú, repletito hasta los topes, y no quedan más que –muchas- plazas de aparcamiento para minusválidos. Yo que quiero ocupar una, porque con tres niños de 9, 5 y 2 años me considero una persona de movilidad reducida. Y mi marido, todo legalista, que nanay…
Por Dios, que no se me echen encima las personas minusválidas, porque no se trata de igualar mi situación individual a la suya, no. Pero que tampoco me digan que cuando en un centro comercial, como era el caso, hay reservadas sopotocientas plazas a gente con movilidad reducida, justo al ladito de la entrada principal, hay que entender que esos preciosos aparcamientos son para personas que van todas en sillas de ruedas… No.
Se supone que van destinadas a ciudadanos a los que les cuesta desplazarse (y por eso, cuantos menos metros tengan que desplazarse, mejor) y que, además, pueden poner su vida en peligro cuando tienen que transitar por un lugar –con son los parkings- lleno de conductores despistados, con las mientes más en encontrar un hueco que en tener cuidado con los peatones que pululan entre los coches. Eso cuando no concurren otras circunstancias hiperpeligrosas: falta de iluminación, soledad con nocturnidad y alevosía (y mangantes al acecho), aire ponzoñoso por falta de ventilación…. la repera.
O sea, mi teoría es que esas plazas se reservan para ciudadanos con movilidad reducida entendida en un sentido amplio… y las familias con niños pequeños –y más aún una madre sola con niños pequeños, como soy yo muchas veces- son entes de movilidad más que reducida: quita cinturones y arneses, saca de sus sillitas a los más enanos, ten cuidado de que ninguno se te baje antes de tiempo, pilla tu bolso, saca el carricoche del maletero y desmóntalo con una sola mano (en la otra llevas al niño), pega un par de voces para que los otros dos no empiecen a andar si no están pegados a ti y van en fila india (si no, no se puede andar por el parking, porque te atropellan a la primera..).
En fin, que llegar del coche a la puerta de acceso al centro comercial es toda una odisea y –por la seguridad de los niños y de los propios padres- cuantos menos sean esos metros, mejor. POR TANTO: DECLARO QUE las plazas reservadas para ciudadanos con movilidad reducida son también para padres con niños pequeños (por todas las razones aducidas)
Pues mi marido se empeñó en que no y que no y que no, que nos podían poner una multa o llamar a la grúa o rayarnos el coche o… y acabamos aparcando en la otra punta del superparking del Xanadú.
Y menuda “odiseaketekagas” hasta que logramos llegar sanos y salvos a la entrada….
A ver, ¿quién tiene razón, mi marido o yo???????????? (URGE RESPUESTA: aún andamos de morros….)